Colgar la penca de sábila

Venga perrito, siéntese. —¿Me regala dos tintos, si es tan amable? —. Ole, venga, le pregunto algo, porque necesito que me dé luces, ¿usted cree en los espíritus y todas esas vainas? Le pregunto pa’ que me ayude, porque yo ando confundido y la cosa es seria, no crea que es carreta. En el fondo yo sí creo mucho en eso. Es más, siempre me ha interesado leer e investigar sobre brujería, sobre cosas que la gente llama sobrenaturales. Y la verdad, pa’ serle sincero, es un tema que me atrapa, me asusta, pero también me da curiosidad.

Pero bueno, no nos desviemos y voy al grano, Yo aún parezco un culicagado, y lo digo con orgullo. Porque cuando me asusto, me meto debajo de las cobijas, cierro los ojos y los aprieto con todas las fuerzas, recojo las piernas y me hago el dormido pa’ que el fantasma no me vea. Ese es mi lugar seguro, mi búnker personal contra cualquier cosa rara que pase en la casa. Es una cobija gris de rayas azules, que da un calor tenaz y que huele a feo, es mi escudo, parece que fuera como una iglesia donde ahí no entra ni el mismo chamuco,  y ríase si quiere, pero si le contara lo que pasa en esta casa, le da la del Chavo, ajá, la propia garrotera. Y ojo, no me quejo. Porque una casa no es solo el lugar donde uno vive; es el sitio donde uno se siente cómodo, donde se arma su propio refugio. Y si hablamos de mi casa, mi rancho, mi chuzo, entonces yo todavía no maduro del todo, aun no crezco y lo reconozco, y así me trastee de casa, siempre termino llevándome conmigo mis guaridas. Para mí, una casa es la música que a muchos les da dolor de cabeza, mi arte extraño que nadie entiende, las películas de terror que me encierran. Ese combo raro es mi espacio seguro.

Pero venga, no se me distraiga y volvamos al tema. Ponga cuidado, porque de verdad estoy medio perdido. Usted sabe que a mí me encantan las películas de terror, pero no sé si por eso me estoy creyendo cosas, o si realmente sí hay ánimas rondando en mi casa. Esa duda me tiene pensando lo mas de bueno, parcero.

Yo ya había normalizado los ruidos. Que la casa suena, que las escaleras crujen, que las puertas se golpean solas. Uno termina acostumbrándose. Pero hace un par de años empezó mi búsqueda por una respuesta lógica a eso, yo ya no podía meter en la misma bolsa de “eso es normal” ¡obvio no lo es, no seamos brutos! Y empezó mi búsqueda con una historia que contó mi mama, venga le cuento que fue lo que pasó. pille, Imagínese la escena…

—¿Qué sonó? —pregunté en voz alta.

Mi voz partió en dos la sala. Estábamos en plena partida de continental en cartas con mi familia y todo se congeló. El silencio fue tan denso que, hasta el televisor, que estaba con el noticiero de media noche en CityTV, pareció bajarle al volumen por arte mágico. Nadie movió un músculo. Todos quedamos como paniqueados, quietos, asustados. Mi hermano miró de reojo a su esposa, como preguntándole mentalmente si ella tenía alguna explicación. Mi papá, nervioso, ladeó la cabeza y empezó a mirar el techo como si allá pudiera encontrar una grieta, un ratón o cualquier cosa que justificara el totazo seco que acabábamos de escuchar. Y mi mamá, que siempre tiene algún chiste raro para romper la tensión, soltó el remate menos gracioso que he escuchado, nos dejó helados:

—Eso fue el señor que se mató en el primer piso-.

Yo me quedé tieso, con las cartas en la mano, sin saber si reírme o fruncir el ceño. ¿yo? Ni enterado de esa historia. Entonces solté un comentario sarcástico, pa’ bajarle el peso al ambiente:

—Eso deben ser los de También caerás grabando. Vienen a traumarme con esos cuentos. – lo dije con la fe de que fuera puras ganas de joder de mi mamá

Pero la cara de ella no se torció en risa. Al contrario, me miró con una seriedad que me pegó frío, como el sereno de madrugada.

—¿Usted no sabía? —me dijo.

El aire se me comprimió en los pulmones. Tragué saliva, sentí la piel erizada y un escalofrío me bajó por la espalda.

—Uy, no me asuste, ma. ¿Cómo así? —le dije, intentando fingir tranquilidad.

Ella acomodó las cartas en la mesa, respiró hondo, y empezó a contar la historia como quien abre un baúl que lleva cerrado décadas, un baúl que creo yo, que llevo viviendo allí toda mi vida, ya debía haber sabido que existía, o no sé, yo no creo que ocultaría esa historia por tantos años. ella siguió.

—Cuando yo estaba en el colegio, eso fue hace como… ush, póngale unos cuarenta años, en el primer piso vivía un señor que era celador, un tipo serio, de esos que siempre saludaba con la cabeza y cargaba las llaves colgadas a la correa. En esa época el tercer piso todavía no existía, solo estaba el primero y el segundo, donde vivíamos nosotros con tus tías y tus abuelos. Una tarde llegué del colegio y, apenas doblé la esquina, vi un reguero de gente amontonada en el portón, los vecinos murmurando bajito, algunos con cara de susto, otros de puro chisme. Tu abuelo, al verme llegar con el uniforme puesto y el morral colgando, me agarró fuerte de la mano y me metió rápido para adentro, como si quisiera evitar que viera algo. Yo, claro, con esa curiosidad de niña, preguntaba qué había pasado, insistía, jalaba la mano de mi papá, hasta que él, con la voz entrecortada, apenas alcanzó a decirme que el señor del primer piso se había pegado un tiro.

Yo la escuchaba con atención, pero también con miedo. Esa historia no era cualquier anécdota que se cuenta en una reunión familiar, era la confesión de un muerto en las paredes donde yo había crecido, donde yo caminaba, por donde paso todos los benditos días y donde duermo cada noche.

—Lo peor —siguió mi mamá— fue que la esposa estaba ahí en el apartamento. Pero como la cocina es aparte del apartamento, ella escuchó el disparo. pero no se dio cuenta cuando el marido estaba cargando la pistola, además de la cocina al apartamento, no alcanzaba a llegar a evitar el tiro si ella se hubiera dado cuenta, pasar de cuarto a cuarto no es rápido como uno cree. Dicen que el señor se fue a la voluntad de Dios por deudas. El caso es que dejó a la mujer viuda y a un niño sin papá. Yo recuerdo que a la señora se la llevaron a la Fiscalía, y a tus abuelos los hicieron declarar varias veces. Tus tías y yo vimos cómo sacaban el cuerpo envuelto frente a todo el barrio. Eso nunca se me olvidó y claro, el niño llorando, tremendo trauma la verdad.

La sala quedó helada. Mi hermano escucho la historia y reaccionó como si nada, pero yo sentí que todo encajaba. Los pasos en la madrugada, los portazos repentinos, las cosas que desaparecían y luego aparecían en el mismo lugar. Siempre había sospechado que la casa estaba cargada, pero nunca había tenido pruebas. Ahora sí había un nombre, una historia.

Mire, si a mí me preguntan qué es una casa, yo digo que no es solo un techo y cuatro paredes. Una casa es un lugar con memoria las paredes guardan lo que pasa adentro. La casa es protección, es seguridad, y estoy seguro que si yo le pregunto a usted ¿qué es una casa? Va a dar una respuesta similar a la mía, pero cuando la memoria tiene sangre, esa mancha se queda ahí para siempre, no quita ni con thiner.

En el día, mi casa parece normal. Entra el sol, las palomas hacen gru-gru en el patio, la luz pega en la ventana y mi abuela reza por la casa y la encomienda al manto poderoso, como si eso bastaran para blindarla de todo mal. Pero llega la noche y todo cambia. Cada sombra se estira, cada rincón parece moverse. A veces siento que no habito mi casa, sino un espacio prestado donde alguien más sigue caminando.

Mi mamá siempre me dice: “hay que tenerles miedo a los vivos y no a los muertos”. Pero esas palabras no me sirven cuando las escaleras crujen sin razón, cuando un frío me corre por la nuca, o cuando me despierto a las tres de la mañana convencido de que alguien me observa desde la puerta.

Por eso, me inventé mis propios refugios. Y volvemos a lo que le dije de mis lugares seguros desde que era un niño, las películas de terror, la música sobre monstruos, zombis y vampiros. Lo que para la gente normal es pesadilla, para mí es compañía y es una chimba. Pero, ojo, eso también me juega en contra. Y ahí va lo que me causa confusión, Me psicoseo fácil. Termino una película de madrugada, apago la luz, y me convenzo de que el monstruo salió de la pantalla y me está esperando en las escaleras. Entonces me muevo rápido hacia el cuarto, repitiendo como un conjuro desesperado: “La sangre de Cristo tiene poder, la sangre de Cristo tiene poder”.

Desde que supe la historia del señor, todo empeoró. La casa lleva un muerto en su memoria, y eso no es cualquier cosa. Cuando el viento golpea la puerta del patio, pienso que es él llamando. Cuando se me pierden cosas y luego aparecen, sospecho que se burla escondiéndomelas. Y cuando me despierto a las tres de la mañana y veo una silueta de sombrero y gabán en el marco de la puerta, no lo dudo, es él.

Aunque, para ser sincero, también dudo de mí mismo. ¿Será que soy el único que percibe estas vainas? ¿Será que la tragedia quedó impregnada en la casa o será mi cabeza, alimentada por tantas películas, la que me juega sucio? Mi mamá dice que estoy loco, que me invento cosas. Yo trato de creerle, pero cuando escucho una voz que me llama por mi nombre y nadie me llamó, digo, no mano, estoy loco, es mas ¿y si los sonidos en la noche es el frio penetrando en el hormigón haciendo que se encoja? ¿por qué cuando se me desaparecen las cosas, cuando mi mamá las busca ella si las encuentra? Perro, yo cuando termino de ver una película, mi mente empieza a decirme que alguien está ahí en la oscuridad, veo sombras y todo, pero es solo una chaqueta colgada, entonces si, eso es lo que le quería contar, ¿usted qué opina? ¿Será que si hay algo en esa casa? Que me aconseja usted mi querido amigo, yo oí que en el llano mean las cosas para ahuyentar a las animas. Y es que, aunque tiemble, aunque rece, aunque me tape como un niño bajo la cobija gris que huele feo, ya tomé una decisión. Si algún día me toca, me las doy de macho y me agarro con el diablo, ya que hijueputas, porque, al fin y al cabo, esa casa es mía. O tal vez no. Tal vez compartida. Tal vez él nunca se fue. Pero por ahora, voy a seguir colgando la penca de sábila para espantar las energías pichas, así me enseñó mi abuelita.

—Sumercé, ¿me regala la cuenta por favor? —

Santiago Ovalle

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