Todo le temblaba, su mente no estaba en ese lugar. No sabía que era lo que le ocurría,
sentía que algo se apoderaba de su cuerpo. Fue entonces cuando el juez dio la señal para
subir al partidor; la competencia estaba a un pitazo de iniciar, Diego se acomodó las gafas y
como pudo subió al partidor; cuando de pronto sonó el silbato, en ese instante el paisaje
cambió, el agua se volvió turbia y el sol desapareció. Estaba confundido, nadaba con todas
sus fuerzas y lo más rápido que podía, pero era como si no tuviera fin; no había una señal
que indicara la meta. Desesperado por salir de aquel extraño lugar, decidió intentarlo una
vez más, nado, nado y nado hasta que ya no pudo más, estaba demasiado agotado para
continuar, ya no tenía fuerzas. Simplemente se rindió. Ahora se encontraba ahí flotando,
solo y con un montón de pensamientos intrusivos que se adueñaron de su mente.
Constantemente pensaba en cómo había llegado a aquel lugar, pero no veía una respuesta
clara; ahí fue cuando todo empeoró, la angustia se transformó en frustración y desolación.
Lloraba a cantaros al saber que ya no tenía un escape. Se sentía atrapado y lo peor estaba
por llegar, porque en aquel lugar aparecería un animal al cual Diego le tenía mucho miedo:
un sapo. En aquel momento, escucho una voz que le decía: “busca en las cosas más
insignificantes, ahí encontraras la respuesta”. Él se quedó inmóvil. Perplejo ante lo que
acababa de oír, empezó a mirar a su alrededor para saber de dónde provenía dicha voz, pero
no veía absolutamente nada. Hasta que por fin lo noto: eso no era una piscina.
Ante lo que acababa de suceder, Diego sintió que la única pista que necesitaba para salir de
allí era la voz que lo ayudo a ver con mas claridad. Entonces empezó a buscar. Miraba por
todos sus alrededores, hasta incluso debajo del agua, pero lo cierto es que no veía nada.
Estaba perdiendo una vez más las esperanzas, cuando apareció lo que sería su salvación: a
lo lejos vio una cálida luz qué iluminaba algo. Para ver un poco más de que se trataba,
decidió nadar; solo así lograría acercarse a ese lugar. Una vez ahí, subió la cabeza para
observar con atención, se froto un poco los ojos, estaba dispuesto a ver que era tal cosa.
Para su desagradable sorpresa, lo que acababa de ver era solamente un simple sapo; lo malo
es que desde pequeño siempre les ha tenido fobia a esos animales. Tembloroso, pero con
mucho cuidado comenzó a retroceder, ya no sabia por donde mas buscar, una vez mas tenía
miedo, se sentía desamparado. Hasta que un pensamiento fugaz le paso por la cabeza;
Diego se preguntó si aquel sapo era el responsable de haberlo ayudado, es decir, si de él
había sido la voz que lo motivó. Sin embargo, esa idea no estaba del todo clara y es que
Diego se rehusaba a creer que, por un sapo, él había encontrado un hilo del que tirar; por
eso decidió devolverse, para buscar por otro lado. Fue entonces, cuando la volvió a
escuchar: aquella misteriosa voz, pero esta vez lo llamo por su nombre, decía sin parar y
casi que con eco: “Diego, Diego, Diego…”. Él estaba atónito, no entendía que era lo que
pasaba y por que no podía verlo. Luego de unos segundos giros todo su cuerpo tan rápido
como pudo; se dirigió hacia la misma dirección en donde hacia algunos minutos estaba el
anfibio. Había llegado demasiado tarde porque ni la luz, ni el sapo estaban en ese lugar.
Nuevamente todo estaba a oscuras, era como si nada de eso hubiera sucedido. En ese punto
Diego ya estaba rendido, no quería buscar más, no entendía nada, pero tampoco quería
encontrar respuestas. Sin embargo, se iluminó nuevamente su camino; el sapo nunca se
había ido de ese lugar, ahora estaba justo a su lado, solamente que Diego no lo veía porque al igual que él, el sapo también estaba flotando; no fue sino hasta cuando bajo la mano para
reincorporarse que lo noto. Dio un respingo y comenzó a gritar, parecía un loco; por su
parte, el animal lo único que hacía era observarlo fijamente. Cuando por fin se calmó, el
sapo le habló, le dijo que no tuviera miedo, que lo único que el quería era ayudarlo a salir
de ahí, ese era el verdadero motivo de su presencia en dicho lugar. Despues de escucharlo y
un poco más calmado, Diego optó por preguntarle lo que siempre quiso saber desde que
llego a ahí: ¿en dónde estaba? ¿Qué lugar era ese? El sapo, con mucha ironía y serenidad, le
dijo lo más evidente; aquel lugar no era más que un pantano.
Al escuchar eso, Diego no comprendía como era que no lo había visto, sí siempre fue más
que evidente, todo tenía sentido: el agua turbia, la oscuridad del lugar, el sapo; todo estaba
claro y siempre lo estuvo. Por eso se dispuso a hacer lo que nunca creyó qué haría: entablar
una conversación con dicho animal. Lo primero que hizo fue agradecerle por la ayuda y lo
segundo fue pedirle que por favor lo ayudara a encontrar una salida, ya que él no lograba
entender por que no podía salir del pantano. El sapo aceptó en brindarle una mano, pero
antes de comenzar a tirar del hilo, le dijo: “muchas veces las respuestas están ante nuestros
ojos, solo que no las podemos ver, porque le impedimos a nuestra mente pensar con calma.
La clave está en nosotros, en como manejamos una situación que nos pone a prueba”. La
ocasión fue especial porque ambos se conocieron un poco más, además gracias a ello Diego
les perdió el miedo a dichos anfibios. Luego de eso juntos empezaron a descifrar todas las
pistas que se encontraban allí y cuando estaba a punto de salir, de repente sonó la alarma,
ya era hora de despertar.


Sara Milena Patiño Alvarez