Que las manecillas giren hacia la izquierda

Desde que tengo memoria, esta gente siempre tuvo una obsesión con los relojes. Y desde que tengo memoria, esta gente no tuvo conflictos entre sí.

Cuando estoy en relativa quietud, en las noches, me gusta reflexionar sobre ese asunto. En el momento en que alguien tenía edad suficiente para valerse por sí mismo, ya tenía inculcado el valor de los segundos, los minutos y las horas. Al instante de levantarse, ya debían estar haciendo algo, irse a trabajar, a manejar el negocio, a estudiar. Vuelvo en el tiempo y me doy cuenta de que, cuando mi cuerpo no estaba siquiera completo, quienes me construyeron ya traían ese hábito de hacer todo de manera veloz. Para saber en qué parte del día estaban o a qué hora debían hacer tal o cual cosa, no les bastaba con tener un reloj grande en la sala principal, de péndulo, sino que cada uno llevaba uno pequeño en sus muñecas, en el bolsillo, en sus mesas de noche. Independientemente de cuán difícil fuera la tarea en cuestión, debía hacerse lo más rápido posible. A esa regla solo había dos excepciones: los días de fiesta, que se fueron haciendo más frecuentes con la llegada de nuevas personitas, y los funerales, que despedían a los que ya debían partir. Ellos criaron así a los cientos que ahora me habitan. 

Los días de celebración, marcados con círculos que encierran un nombre en alguna casilla de las decenas de calendarios que estaban al lado opuesto desde donde los podía ver, al otro lado de cualquier habitación, son mis favoritos sin lugar a duda. Aprovecho que la mayoría se va a dormir en la noche para decorarme y reacomodarme y que, en cuanto la primera persona se levante, despierte a las otras con un grito de asombro. Resulta que soy muy bueno en esto de las sorpresas. He aquí mi secreto, porque no tengo con quien más compartirlo y si no lo comparto con alguien no sería uno: observo. Pongo atención y me guardo todo lo que veo desde que las personitas adquieren conciencia, desde quienes son o qué les gusta y en qué se quieren convertir y qué les deja de gustar. Eso sí, con el paso de los años se va haciendo más complicado saber qué ocurre dentro de sus mentes porque estas no cuadran con sus comportamientos, y eso me confunde. Lo único que todos tienen en común es la música, algo que dejo para el final de toda la logística porque es la cereza del pastel, como les escucho decir. Resulta que esas notas tan agradables pasan de generación en generación. Unas se quedan, otras se van, pero las que permanecen tienen ese encanto de llevar la alegría y tristezas de los fundadores hasta los que recién adquieren conciencia de su cuerpo. Recuerdo que al principio la música salía de unos aparatos curiosos y a la vez hermosos llamados tocadiscos, que pasaron a ser radios, que a su vez pasaron a ser dispositivos que recibían casetes y discos más pequeños cuyo sonido alcanzaba hasta al cuarto más apartado, y que permitieron que cada uno colocara la canción que deseara. Hay ciertas canciones que siempre son para los demás, y son esas las que procuro hacer sonar en todo mi cuerpo. Las fiestas duran hasta el día siguiente, o, mejor dicho, hasta que se cansen. ¡Hay quienes cumplen al día siguiente, o al otro, o a la semana, y las fiestas parecen eternas! En este momento, ya no sé si extraño o no los años en qué al menos tenía un mes completo de silencio. Pero es mejor así. El ruido, el baile, la celebración, las bebidas, las risas y el hablar unos con otros hace que esa obsesión por el tiempo desaparezca de vez en cuando.

Mi problema, sin embargo, no es tal obsesión. Mi problema en verdad es que hay un cuarto en el que no sé qué sucede dentro, qué hay. No puedo ver, no me dejan. He tratado por todos los medios posibles infiltrarme en ese pequeño espacio oscuro donde todos los demás entran y salen. Estoy a punto de rendirme. Observo a quienes entran y salen: las personas más viejas y jóvenes; están quienes llevan a otros en brazos o cargados a la espalda; están los pequeños que ríen todo el tiempo. Entran todos, menos yo. He llegado a la conclusión, extraña, de que no tienen permitido entrar relojes. Antes de ingresar, me sueltan de sus muñecas y me dejan en una superficie mirando al techo. ¿Qué puede ser tan secreto que ni siquiera yo, que he estado aquí desde el principio, que los veo llegar a este mundo y dejarlo, puede ver?

Así pasan los días. Así me desespero cada vez más. Los focos se me encienden, una última opción llega a mi mente. Resulta que las fiestas funcionan por una razón que tardé en comprender porque nunca lo había presenciado directamente, o más bien, no quería hacerlo. Al principio se lo atribuía a la calma interior que todos mostraban a pesar de su obsesión con las manecillas, o tal vez debido a ella. Una noche no hace mucho, vi cómo dos personas, hermanos, que andaban a oscuras por los pasillos, se chocaron antes de que yo pudiera encender las luces para alumbrarles el camino. Ambos cayeron al suelo y tras verse y reconocerse el uno al otro se gritaron palabras que no sabía se pudieran dirigir entre ellos. Al parecer me había perdido de algo y traté de recordar sus infancias. 

Esos dos son hijos directos de quienes me dieron vida. Desde que tuvieron uso de razón, se lanzaban cosas uno al otro, se lastimaban, se envidiaban. Con los años maduraron y dejaron de pelear y tomaron una actitud más madura; es más, se hicieron muy, pero muy cercanos. Sin embargo, cuando noté que esa habitación inaccesible para mí estaba ahora ocupada por alguien a quien no podía recordar, también noté que aquellos dos hermanos no se dirigían la palabra y comían en mesas separadas. Ahora, en las fiestas, tampoco están en el mismo sitio. Se evaden. 

¡Y yo que pensaba que todos estaban contentos! Saldré de duda en el siguiente cumpleaños.

Desde la superficie de las mesas de noche, miro los calendarios. Sé que nombre sigue, es mi fundador. El día antes acomodo todo, preparo una celebración que supere a todas las anteriores. Esta vez haré un espectáculo con luces de colores y lanzaré pólvora al cielo. Será tal la celebración que con suerte uno de todos ellos entrará a ese cuarto sin dejarme en una mesa. La otra opción es un tanto arriesgada, y preferiría no ponerla en acción.

Mientras hago los preparativos, paciente, veo cómo detienen sus rutinas y entran y salen de aquel lugar. Unos lo hacen alegres, otros con cara de tristeza  o lágrimas en sus rostros, otros no quieren siquiera ingresar. Cuando los niños salen de la mano de alguien quieren hacer preguntas pero los callan con una señal de manos.Veo gracias a los espacios que dejan las puertas entreabiertas, pero es una habitación oscura. Como no puedo ver, me es imposible hacer algo al respecto y colocar una lámpara dentro.

Llega la fecha. La música suena, la luz está en todos lados. A pesar del ambiente tenso porque se corrió el rumor del encuentro de los hermanos, muchos ya están contentos: ríen fuerte, cantan con el alma y bailan sin cansarse. Las pequeñas salas, los pasillos, están llenos. Nadie se quiere ir de allí. Bien, entonces es momento de ejecutar la segunda opción. 

Los busco. En efecto, esos dos están distanciados. Los reuniré. 

Tiro una alfombra de lado a lado. Les apago las luces para obligarlos a moverse. No solo ellos dos, sino todos, van en dirección a una pequeña tarima que he preparado en la sala principal, la que tiene más espacio que todas las habitaciones juntas. La familia entera está allí. Coloco reflectores, los apunto a esos dos. Extrañados, se miran uno al otro. Quito la música. Se gritan, se agarran a golpes. Los demás familiares tratan de separarlos y tranquilizarlos. Dicen que no es culpa de nadie, que Dios así lo quiso, que dejaran eso en el pasado. Hablan de alguien, ¿quién porta ese nombre?

Aquí me doy cuenta de que el cumpleañero no está. 

Entre discusiones y gritos, todos se van a sus habitaciones temprano. Limpio los restos de comida, botellas vacías, trozos de bombas, confeti, vidrios de vasos rotos. Nadie sale de su habitación. Esta vez el proceso de organizarme de nuevo me produce cierta inquietud, extrañeza. Me arrepiento de hacerlos pelear. Aunque mis muros, suelos y vidrios estén en perfecto estado, siento mi interior fragmentado. Trataré de arreglar las cosas. Haré una gran fiesta sorpresa.

La hago pero nadie sale de sus habitaciones. Me gritan que apague el sonido. Las salas están vacías, la pista de baile sin alguien que baile, el pastel de cien porciones está intacto, las botellas están llenas, las alfombras no tienen huellas. La velocidad del tiempo vuelve a ser una excusa para no detenerse a hablar. Me rindo.

Me pregunto si acaso hubo algún día en el que se pudo solucionar el conflicto. Pero tal vez nadie quiso hacerlo. 

Una mañana suenan las alarmas y despiertan a la familia entera. En una hora ya estoy vacía. No. Queda alguien. Es uno de los hermanos que pelearon. Camina extraño con una botella en la mano. Quiere escuchar la canción que dice así… y tararea. Dice que es la que más le gustaba a ella, que si siguiera aquí nadie desearía que el tiempo pasase rápido. Pero esa canción, más bien la música en general, ya no suena como antes. Las notas que se repetían y que todos cantaban y bailaban, ahora me dicen que esos tiempos ya no volverán. Ninguna suena bien: se vuelve ruido, uno molesto, que me recuerda mi error. Así que guardé los parlantes que estaban por cada pasillo y sala para que no se escuchara ni una nota más. 

El hombre, desesperado, va a la habitación. Se olvida de la única regla al entrar. Sin embargo, se para unos pasos más allá de la puerta y sigo sin ver nada. Dentro no hay luz, solo el sonido de una radio. Le habla a la nada. La nada le responde. Puedo colocar alguna fuente de luz dentro para ver, pero lo que escucho me deja sin aire y debo abrir mis ventanas.

Es él. La voz que hace tanto tiempo no retumbaba en mis paredes y que ahora es una temblorosa que a duras penas escucho. El hombre sale, esta vez con lágrimas en su rostro, su pulso acelerado. Se dirige a su habitación y empaca sus cosas. Guardo lo que no se lleva en un cuarto donde impido que el polvo se acumule. Habla con su esposa, con otros miembros de la familia. Se va. Pierdo un poco de mi vista. Ya volverá.

Todos siguen sus acciones. Entran a la oscuridad, salen, empacan y se van. Pierdo más de mi vista. Ya volverán.

Estoy vacía. Todos se han ido. La mayoría de mi vista también. Ya volverán.

Nadie se llevó los relojes de los pasillos ahora desiertos. Estos y la gran sala vacía son lo único que puedo ver.

No volverán. 

Sin nadie aquí, me empiezo a caer a pedazos. No hallo el sentido en arreglarme, repararme, remodelarme. Mis cristales se rompen, mi madera se carcome, mis techos empiezan a caerse. 

Ahora no sé si esa ruptura definitiva de los vínculos internos de esta familia la causé yo o de todas maneras era inevitable. 

No sé cuántas hojas del calendario han pasado, y ahora solo veo en una sola dirección en un solo lugar: al frente, en la sala, hacia la puerta principal. Solo escucho el péndulo moverse de un lado a otro. La escalera cruje. Alguien baja despacio. Se para frente a mí. Es él. Con su mano delgada, temblorosa, me acaricia. Es mi fundador, que se cae y no se vuelve a levantar. Su mano deja resbalar una fotografía desgastada de una mujer joven. Es ella.

Desde allí, siendo transportado por unas manos que se esforzaban, suena el cambio de hora que anuncia el péndulo, y me veo por primera vez desde fuera. De lo que alguna vez fui no queda ya nada. No habría recuerdo alguno de las fiestas de días enteros, dibujos o huellas en mis paredes, pisadas en mis suelos alfombrados y tablas rotas sin clavos con alguna historia detrás. Caería pronto. Mi funeral pasó hace mucho y nadie me despidió.

Ahora, a oscuras, estoy apoyado contra quién sabe qué, como habré amontonado todos los objetos perdidos, los tocadiscos, los recuerdos. Fue solo cuando escuché el sonido de un motor y me fui alejando que deseé, con todo el espíritu que me quedaba, que las manecillas paren así fuera por un momento, que giren hacia la izquierda y el tiempo, esos tiempos, regresen; que me permitieran pegar esos fragmentos rotos que por tanto tiempo estaban dentro de cada una de sus almas antes de convertirse en polvo y ser llevados con el viento.

Fin

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