La Tierra del Olvido

Como la tierra a la lluvia, como el mar espera el río. Así espero tu regreso a la tierra del olvido.

Carlos Vives, 1995

Por mi memoria no pasa el tiempo, me acostumbré a recordar porque es la única forma de resistir. Es un hábito doloroso, pero es necesario, porque sólo aquellos que conocen su historia pueden elegir no repetirla, yo no elijo recordar sólo por mí, lo hago porque sé que algún día todos volverán a esta casa, todos se van a dar cuenta que también necesitan recordar, revivir el dolor, la melancolía y la alegría de haber vivido aquí. Nuestra casa es espaciosa, ha tenido lugar siempre para uno más, porque nosotros somos una familia muy grande, muy diversa. En mi familia hay indígenas, campesinos y raízales, aunque yo no conozco a todos los integrantes de mi familia, sé que sólo ellos me van a entender, los que cantaban vallenatos, bullerengues, cumbias y porros, los que conocen el páramo, la montaña, el desierto y las playas que tiene mi casa, los que sienten vibrar el alma cuando suena un arpa, una gaita o una guacharaca.

Recuerdo que antes, los ríos traían gente que nadie conocía, mi familia como muchas otras, los adoptaban y los convertían en santos, les pedían favores y les hacían plegarias a cambio de santa sepultura y un nombre. Ahora ellos ya no recuerdan nada de eso, están enfermos de olvido y de ignorancia, el río ya no trae muertos como antes, pero a mi gusta recordar y me gusta escribir y hablar de mis recuerdos, es la única forma que encontré de pelear contra el tiempo y de resistir a su paso.

A veces en el cuarto de abajo la veo sentada, o siento su perfume dulzón que no me gustaba mucho. Ella sólo estuvo aquí unos meses y murió poco después de irse, mi abuela lloró mucho, aunque su madre ya tenía más de 90 años. 

Su presencia a veces vuelve aquí, tal vez le gustaba esta casa tanto como a mí, parece ser un lugar agradable para los que ya no están. Cuando era pequeña la hermana mayor de mi abuela falleció, en ese tiempo todavía vivía mi abuelo, su funeral fue un sábado por la mañana y poco después la vi sentada en la sala de mi casa, con la ropa que llevaba puesta el último día que la visitamos, no me dijo nada, no me miró, sólo estaba sentada con la mirada perdida; yo estaba muy quieta, la miraba esperando que se moviera, que hiciera algo, que fuera producto de mi imaginación o me pidiera mi alma, pero mi tía no sería del tipo que pide almas, habrá venido a buscar a mi abuela, de pronto le faltó contarle algo, me lo pudo haber dicho, yo se lo diría aunque ella no me creyera que la había visto y tampoco que me había hablado. Pero este no es un cuento de terror, no es tampoco una casa en la que asustan, es más, no se trata de una casa.

Aquí están los recuerdos más felices de mi infancia, los recuerdos de mi abuelo que me crio, de mi abuela que me enseñó a cocinar, de mi mamá que siempre ha estado conmigo, de mis primos mayores que también crecieron aquí, de tantas navidades en familia, aquí están las fotos de nosotros que mi abuela escoge cuidadosamente y pone debajo del vidrio de su mesita de noche.  

Ésta es la casa de mis abuelos, donde nacieron sus primeros nietos, la que sirvió de refugio para una familia que se hacía cada vez más grande, que nos vio crecer a todos, la casa a la que siempre volvía mi tía cuando peleaba con mi abuela, la casa en donde mis primos y yo nos aprendimos el Padre Nuestro y el Ave María, la misma que vio pelear a mis tíos por más de 50 años porque uno era liberal y el otro conservador. Aun así, ésta es la casa de todas nuestras alegrías y tristezas y no sólo es una casa, es la memoria de mi familia, son los recuerdos de tantas generaciones, es la casa que vio morir a mi abuelo y que ahora que ya no está, ha caído en decadencia. 

Los años han pasado por esta casa, como pasaron por mi abuelo, las llaves gotean, las puertas suenan, los techos de madera han cedido al tiempo, es una casa vieja, anacrónica; ahora la gente vive en apartamentos, son prácticos, ocupan menos espacio que una casa y sobre todo son muy rentables para la industria inmobiliaria. Quieren meter a la gente en cajitas de fósforos, tienen que meter lo que quepa de su vida en ese espacio y el resto dejarlo atrás; lo mismo pasa con la gente que migra, se llevan una parte de su vida y la

tratan de meter en esos apartamentos que son otros países, en donde nunca va a caber por

completo nuestra esencia o nuestra historia, el resto lo dejan aquí, en esta casa.

 Mi mamá no quiere quedarse atrás en la modernidad, sabe que la familia nunca más va a reunirse para las festividades, que mi abuela probablemente nunca levante una plancha como nos lleva diciendo hace 20 años, que mis tíos nunca hagan las paces de su pelea absurda que sólo ha dejado estragos, es probable que tal vez ni siquiera mi bisabuela o mi tía vuelvan. Ella quiere vivir en un apartamento como todos los demás, en un hogar nuevo que no pida un arreglo cada dos meses, donde las llaves no goteen y no tenga que preocuparse por los techos, ni los pisos, ni nada, siempre que hay que cambiar algo, dice que mejor nos cambiemos de casa. Mi abuela no parece disgustada con la idea de irse, pero no sé si sepa que todos sus muebles antiguos, sus dieciséis orquídeas y su loro que la ha acompañado desde que se mudó del pueblo a la ciudad no cabrían en un apartamento. En un lugar más pequeño que este, esas cosas serían estorbosas y el animalito sería motivo de queja de los vecinos, por lo que habría que dejarlo. Mi abuelo adoraba ese loro y por eso mi abuela lo conserva, tampoco creo que ella sepa que, en realidad, dejar atrás esas cosas, representa dejar una parte de sus costumbres, de su pasado y de su cultura.

A todos les pareció mucho más fácil irse, una casa que envejece y que da problemas no es un lugar muy atractivo, es mejor buscar un lugar que sea cómodo, que todavía no tenga recuerdos de desgracias y tragedias, que no les llene de nostalgia, ni dolor, ni remordimiento. Realmente lo fácil no fue dejar la casa, fue más fácil olvidar, vivir en un sitio que no trajera a colación nada del pasado que no quisieran recordar. 

Ahora la casa sólo la habito yo. Mi tío Miguel y mi primo Dylan tampoco van a volver, se fueron con Dios si es que existe y con mi abuelo donde quiera que esté. Ambos murieron de manera injusta, les arrebató la vida una bala, “perdida” en el caso de mi primo Dylan y en un atentado a mi tío Miguel que quería ser presidente de esta casa.

Yo voy a seguir aquí porque para mí no fue tan fácil olvidar, voy a seguir en esta casa por si alguna vez viene alguien que tenga ganas de acordarse de sus muertos, por si alguien recuerda lo feliz que fue aquí, por si alguien se acuerda que esta casa, que esta tierra se los dio todo. Me voy a quedar aquí porque en unos años nadie va a acordarse de mi primo ni mi tío, no van a recordar que los mataron como se mataron también mis tíos porque nunca pudieron hacer las paces. Van a preferir irse a otra casa, a una sin recuerdos, sin grietas, sin historia, pero una casa sin recuerdos nunca va a ser un hogar. Una casa sin problemas no existe, se fueron creyendo que si le vendían su memoria al tiempo iban a ser más felices, pero no pueden. No pueden ser más felices en otro lugar, porque esta es la casa que los vio nacer, que los vio crecer y que ahora que se fueron nunca los va a dejar morir en paz. Van a vivir siempre con el terrible arrepentimiento de haberse rendido, de no haber hecho todo por esta casa, como alguna vez lo hizo mi abuelo, que representaba la esperanza de un futuro mejor, de una vida que seguía en esta casa, que seguía creciendo desde adentro. Ahora que ya no están, Gabriel los va a condenar a cien años de soledad por su olvido y se olvidarán de a poco también de sí mismos, porque un pueblo, digo, una familia que no es capaz de recordar a sus muertos, que no es capaz de trabajar todos los días por arreglar la casa que les dio todo, que puede desprenderse de sus dieciséis o 4.270 orquídeas, que prefiere vivir más cómoda en un lugar lejano y pequeño que no tenga espacio para sus costumbres ni su pasado, ni su cultura, entonces no merece morir en paz, tampoco merece ser feliz y no merece volver nunca a la tierra del olvido.

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