
Me desperté de golpe. No sé si había estado soñando o si alguien me había susurrado al oído, pero la voz sonaba tan cerca que sentí su aliento en el cuello.Oscuridad total.La casa estaba en silencio… hasta que el teléfono sonó.Un timbre agudo que me heló la sangre.Me levanté despacio, las piernas temblando, avanzando por el pasillo. Cada sombra parecía moverse en las paredes. Cuando llegué a la cocina, el teléfono estaba quieto. No había llamado a nadie.Igual lo levanté.No escuché una voz, sino el sonido de alguien respirando. Lento, profundo, justo en mi oído.—¿Quién está ahí? —susurré.La respiración se detuvo.Luego escuché un susurro. No entendí las palabras, pero sonaban como si me estuvieran llamando por mi nombre.—¡¿Quién eres?! —grite.Silencio.Me quedé inmóvil, con el auricular en la mano, escuchando mi propia respiración mezclada con la de “alguien más”.Cuando la línea quedó muda, no colgué.No podía.Me senté en el suelo de la cocina, con el teléfono colgado, mirando hacia la puerta abierta que daba al pasillo.Un ruido suave me hizo girar. Una de las sillas estaba corrida, como si alguien acabara de levantarse de ella.—¿Quién está aquí? —susurré.Nada.Me quedé así hasta que el amanecer empezó a iluminar la ventana de la cocina. Solo entonces me di cuenta de que seguía sosteniendo el teléfono. Lo dejé sobre la mesa, como si estuviera sucio, y fui hasta el lavamanos a echarme agua en la cara.Cuando levanté la mirada al espejo de la cocina, Edwar estaba detrás de mí, sonriendo.—Emily —dijo despacio, con su voz tranquila—. ¿Qué haces levantada tan temprano?No lo escuché llegar. No escuché pasos, ni la puerta abrirse.Por un instante tuve la sensación de que ya llevaba un rato ahí, observándome, esperando que yo lo notara.Luego apareció Ryan en sus brazos, inquieto, y Violeta bajó las escaleras arrastrando su mantita, con los ojos hinchados de sueño.—Vamos a desayunar juntos —dijo Edwar, besándome en la cabeza—. Hoy es un buen día para empezar de nuevo.Su voz sonaba tan cálida que casi me hizo olvidar la noche que acababa de pasar, Casi porque cuando me senté a la mesa, vi que la silla que se había movido seguía un poco fuera de lugar. Y no recuerdo que nadie la hubiera tocado.Los primeros días en la casa fueron tranquilos.O al menos eso me repetía a mí misma.Jugábamos en la sala, Violeta reía con su voz chillona, Edwar hacía caras para que Ryan dejara de llorar. Todo parecía perfecto. Demasiado perfecto.Pero empecé a notar cosas.Cuadros que se torcía solos. Luces que parpadeaban. Susurros en los pasillos cuando todos estábamos en la planta baja.Lo peor fue el jardín.Cada tarde jugaba con los niños allí. Reíamos, corríamos. Pero siempre había alguien mirándome desde la casa de enfrente, una vecina de cabello corto que no apartaba los ojos de mí.Una tarde la saludé con la mano. Ella no respondió.Solo me miró, como si estuviera viendo algo que le daba miedo.Otro día escuché a dos hombres conversando detrás de la cerca—Pobre mujer —dijo uno.—Debería buscar ayuda —respondió el otro vecino.Se callaron en cuanto me vieron.Ese día cerré todas las cortinas. Empecé a pensar que los vecinos me espiaban.Que ellos hacían ruidos en el techo.Que querían asustarme para que me fuera.Una noche me despertó el sonido de pasos en el jardín. Corrí a la ventana y vi sombras moviéndose. Abrí la puerta de golpe y grité:—¡Déjenos en paz!Nadie respondió.Pero en el pasto había huellas pequeñas, como de pies de niño.Esta noche preparé la mesa como si fuera una ocasión especial.Puse platos, vasos, cubiertos… y hasta encendí una vela en el centro.—Hoy tengo que contarles algo importante —dije, mientras servía la sopa en cuatro platos.Ryan golpeó la mesa con la cuchara, riendo.Violeta preguntó si podía quedarse despierta hasta tarde.Edward me miraba sonriendo, con esa calma que siempre me hacía sentir que todo estaba bien.—Mañana es mi exposición —anuncié, con un nudo en la garganta—. Mi primera exposición de diseño.—Sabes que estamos orgullosos de ti —me respondió Edwar.Yo sonreí, aunque sentí un peso en el pecho.Ryan tosió.Violeta dejó de sonreír.—No creo que podamos acompañarte —dijo Edwar—. Ryan sigue con fiebre.Miré a los tres.Quise insistir, pero al ver las mejillas rojas de Ryan, solo pude asentir.—Está bien —susurré—. Prometo que no me voy a demorar.Violeta estiró la mano y me tomó los dedos con los suyos, pequeñitos, calientes.—Tráeme algo bonito, mamá —me dijo.Sentí las lágrimas ardiendo en los ojos.Me incliné hacia ella y la abracé fuerte, como si quisiera retenerla ahí para siempre.Cuando me senté de nuevo, la sopa estaba fría.La vela se había apagado sola.Y la casa estaba en silencio.Dos noches después, el olor a gas me despertó.O tal vez fue mi mente inventándolo.Salté de la cama y corrí a la cocina.Abrí todos los cajones, revisé la estufa, toqué cada perilla No olía nada… y aun así mi pecho se cerraba como si estuviera respirando humo.—¡No, no, no, no! —grité.Me tiré al suelo, jadeando. Sentía las manos ardiendo como si estuviera tocando fuego.El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que me iba a desmayar.Escuché pasos corriendo por el pasillo.Violeta, pensé. Edward.Pero cuando levanté la vista no había nadie.El olor se intensificó.Lo sentía en la ropa, en el pelo, dentro de mi garganta.Me arrastré hasta la puerta de atrás y la abrí.El aire frío me golpeó en la cara y me hizo llorar.Caí de rodillas en el jardín, respirando como si me estuviera ahogando.Cuando por fin pude levantar la cabeza, vi a la vecina parada en la acera, observndome en silencio.No dijo nada. Solo se dio la vuelta y se metió a su casa.Me quedé ahí, temblando.Convencida de que alguien quería matarme.Las noches se volvieron insoportables.Cada vez que abría los ojos, sentía que alguien me observaba desde la escalera.Los pasos en el segundo piso venían siempre de la misma habitación: la que estaba cerrada con llave.Un día, mientras trabajaba en mis diseños, escuché la risa de Violeta.Subí para regañarla por el volumen de la tele, pero la televisión estaba apagada.En la pantalla oscura vi algo.Mi propio reflejo.Pero estaba sonriendo de una forma que yo no estaba sonriendo.Esa noche soñé con la casa.Caminaba por los pasillos y todas las puertas estaban cerradas. Detrás de cada puerta alguien lloraba.Cuando llegué al cuarto de los niños y lo abrí, no había cuna, no había juguetes.Solo una silla mecedora moviéndose sola.Desperté empapada en sudor.Cuando mi mamá vino de visita, pensé que hablar con ella me tranquilizaba.Pero me miraba raro.No me interrumpió cuando le conté que los vecinos eran peligrosos, que tenía miedo de que le hicieran daño a Edwar y a los niños. Solo me acarició la mano en silencio, como si no se atreviera a decirme algo.Las noches se hicieron un castigo.Los pasos en el segundo piso se repetían siempre a la misma hora.Yo estaba segura de que los vecinos entraban a la casa para vigilarme.Querían llevarse a los niños.Hasta que una madrugada reuní valor, subí las escaleras y abrí la habitación con llave.El olor me golpeó: polvo, humedad, algometálico.Había cajas, juguetes viejos, ropa doblada… y fotos.Las manos me temblaban cuando las tomé.Y entonces lo recordé.Ese día yo no estaba en casa.Me habían invitado a una exposición de mis diseños, la primera de mi vida.Edward me dijo que lo acompañara, pero Ryan tenía fiebre y prefirió quedarse con los niños.Les prometí que no tardaría.Les prometí que les traería algo de cenar al volver.Pero cuando regresé, la calle estaba llena de humo.Luces de ambulancias y bomberos iluminaban todo el barrio.Los vecinos en la acera, algunos lloraban, otros me miraban con una mezcla de pena y horror.—¡Violeta! ¡Ryan! —grité, intentando correr hacia la casa.Un bombero me sujetó por los hombros, pero me solté y corrí de nuevo.El calor me golpeó en la cara como una pared. El aire era irrespirable.—¡Edwar! —grité otra vez, tosiendo.Intenté entrar, pero alguien me rodeó por la cintura y me levantó del suelo.Pataleé, arañé, grité sus nombres hasta quedarme sin voz.—¡Mis hijos están adentro! ¡Déjenme entrar!Sentí que las piernas se me aflojaban.El techo de la casa crujió y una lluvia de chispas cayó sobre el jardín.El humo me hizo lagrimear, pero aun así miraba fijamente la puerta, esperando que alguien saliera.Nadie salió.Solo el fuego, devorando todo.El olor a madera quemada nunca se fue de mi nariz.A veces despierto de madrugada y siento que la casa vuelve a arder.Ahora lo entiendo todo.Esta casa está vacía desde el principio.Las risas, los juegos, los abrazos… los inventé para no perder la cabeza.Pero si me voy, si dejo esta casa, dejo de escucharlos.Afuera no hay risas, afuera no hay pasos en la escalera, afuera solo hay silencio.Y el silencio es peor que cualquier fantasma.Por eso me quedo, aunque los vecinos me miren como si estuviera loca.aunque la casa sigue oliendo a humo, aunque cada noche sienta que el fuego vuelve a encenderse.Porque mientras esta casa siga en pie, ellos también siguen aquí. DePronto, el olor a humo vuelve a llenar la sala. Escuchó la risa de Violeta subiendo las escaleras, y Ryan llora en el piso de arriba.Me levanto despacio y enciendo todas las luces de la casa.No quiero que se apaguen nunca. Porque esta noche, igual que todas las demás, ellos han vuelto.Y yo no pienso dejarlos ir, Camino hasta el comedor y pongo cuatro platos en la mesa.Sirvo la sopa como si fuera la misma cena de siempre.—Vengan, la comida se enfría —digo en voz alta.Las sillas se mueven.O al menos eso creo.Me siento y empiezo a comer, escuchando las risas que vienen de los pasillos.De vez en cuando levanto la vista y sonrió.—Mañana me acompañan —les digo—. Esta vez no me van a dejar sola.En algún lugar de la casa, la madera cruje como si alguien hubiera dado un paso.Cierro los ojos.Por un instante, puedo jurar que siento las manos de Ryan sobre las mías, tibias, vivas.Y entonces río, bajito, hasta que las lágrimas me nublan la vista.


Maria Fernanda Castellanos Mateus