Un despertar forzado en mi cama, gotas frías recorren mi frente hasta llegar a mi sien,
percibo en mi interior un palpitar desbocado e incesable, ¿acaso es mi corazón?
¿realmente tengo un corazón? Mi habitación se encoge, las paredes parecen asfixiarme,
están vinculadas a recuerdos que emergen de mi cabeza de manera precipitada, se
presentan como una luz parpadeante y no logro apagarla, un grito se impone en mi cabeza
y altera toda emoción en mi interior.
Esta no es precisamente una historia buena o mala, no es algo que se pueda endulzar con
una cucharada de azúcar. Todas las decisiones repercuten en nuestro futuro, nos hacen
recordar a diario que pudimos haber hecho mejor o cómo pudimos actuar de una manera
distinta. Ya es muy tarde para pensar en esto, pero lo importante es que en algún
momento de nuestra vida lo tengamos claro. Pónganse cómodos, preparen un té y quiero
aclarar que nunca fue mi intención.
Antes de comenzar empezaré presentándome, mi nombre es Shaun Ogonye, mi apellido
es camerunés por si se lo estaban preguntando, actualmente vivo en Reino Unido pero la
historia que voy a contar transcurre en Nueva York, entremos en materia.
Eran inicios del mes de diciembre, se supone la época más “feliz” del año, solía caminar
a diario por el famoso Times Square. Había una cafetería bastante confortable en la que
me gustaba pasar mi tiempo, no es que mi vida fuera muy interesante, tuviera acción o
alguna historia digna de contar; me encontraba leyendo un libro llamado “El camino
hacia la felicidad”, un chiste mal contado, supongo.
La puerta se abre, unas campanas son sacudidas por el movimiento de la misma, decido
ignorar por completo la nueva presencia que entra en la cafetería, siento que una persona
está vigilándome frente a mí. Cuando levanto la mirada la veo. Emma Rossi.
No lo sabía en ese instante, pero ese nombre cambiaría la trayectoria de mi vida y
marcaría una cicatriz imposible de borrar. Una chica de cabello castaño con reflejos
dorados, ojos tan verdes que parecían robarle color al bosque, llevaba una bufanda roja
como si quisiera anunciarle al mundo que estaba viva. Y yo… yo era un fantasma.
La conversación en aquel café fue breve, pero suficiente para despertar algo en mí que
llevaba años enterrado. Ella parecía no temerle al silencio, lo habitaba como si fuera
suyo, y eso me inquietaba.
—No te ves muy convencido de tu lectura —comentó mientras acomodaba su bufanda
roja sobre la silla.
—No es exactamente un manual de felicidad —dije intentando sonar irónico, aunque mi
voz salió temblorosa.
—Entonces quizá es el libro perfecto para ti.
No entendí si era un halago o una provocación, pero por primera vez en mucho tiempo
sentí la necesidad de responder con algo más que monosílabos.
Pasaron semanas en las que coincidíamos en la cafetería, como si el azar se hubiera
convertido en un cómplice silencioso. Yo nunca daba el primer paso, era ella quien me
buscaba con la mirada, quien lanzaba preguntas, quien convertía mis respuestas secas en
diálogos que parecían cobrar vida.
Un martes gris, Emma se sentó sin pedir permiso en mi mesa. Traía consigo dos cafés.
—El tuyo con poco azúcar, ¿cierto? —preguntó, dejándome sin aire.
—¿Cómo sabes eso?
—Soy una persona muy observadora.
Sentí que alguien me había arrancado del letargo en el que vivía. Nadie, absolutamente
nadie, me había dicho algo así en años.
Con el tiempo, nuestras charlas pasaron de lo trivial a lo íntimo. Emma hablaba de su
familia en Italia, de un hermano menor que pintaba murales en Florencia, de un abuelo
que coleccionaba relojes rotos porque decía que incluso lo quebrado conserva su historia.
Yo, en cambio, apenas tenía qué contar. Mi vida se resumía en caminatas sin rumbo,
lecturas que no me llenaban, noches que se sentían eternas.
—Shaun, ¿por qué siempre me miras como si esperases despertar? —me preguntó una
tarde.
—Porque eso eres… un despertar que no entiendo.
Emma no rió como esperaba. Me sostuvo la mirada con una seriedad que me atravesó.
Fue en una de esas tardes cuando apareció Marcus, un viejo conocido de la cafetería,
empleado que siempre limpiaba las mesas con un entusiasmo exagerado. De pronto se
interesó por nuestra amistad.
—Así que el solitario ya no está solo —comentó con sorna.
Emma le respondió con una sonrisa diplomática, pero yo noté cierta incomodidad.
Marcus era de esas personas que creen tener derecho a irrumpir en la vida ajena solo
porque saben un par de detalles.
Aun así, su intromisión dejó una huella. Comencé a notar que otras miradas se posaban
en nosotros, como si ser feliz fuera sospechoso.
Una noche, Emma me llevó a un parque casi vacío, iluminado apenas por farolas
intermitentes.
—¿Alguna vez has pensado que todo esto podría terminar de un instante a otro? —
preguntó mientras se balanceaba en un columpio oxidado.
—Siempre. Es lo único que pienso.
—Entonces tal vez nos parecemos más de lo que crees.
Esa confesión me perturbó. Emma, con toda su luz, también escondía sombras. Y esas
sombras comenzaron a fascinarme.
El invierno arreció con fuerza. Caminábamos juntos por calles congeladas, compartiendo
cafés humeantes y conversaciones cada vez más intensas. Una madrugada, después de
una velada en un pequeño bar de jazz, ella me tomó la mano con una naturalidad que me
desarmó.
—No huyas, Shaun —me susurró.
—¿De qué?
—De ti mismo.
Quise besarla, pero el miedo me paralizó. Ella se adelantó. Su boca sabía a vino tinto y a
algo que nunca antes había probado: esperanza.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que pertenecía a algún lugar.
Pero los despertares nunca son eternos. Emma comenzó a llegar tarde, a mostrarse
distante. Sus llamadas eran más breves, sus miradas más evasivas.
—¿Pasa algo? —le pregunté una noche mientras caminábamos por el puente de
Brooklyn.
—Nada que quieras escuchar.
—Dímelo de todos modos.
—Tengo un pasado que no desaparece solo porque te encontré.
No insistí. Tenía miedo de que cualquier respuesta la alejara más.
Fue Marcus quien, en una ocasión, se acercó para advertirme:
—Esa chica… no es lo que aparenta. Ten cuidado.
—¿Y tú quién eres para decirlo? —respondí con rabia contenida.
—Alguien que sabe más de lo que piensas.
Me quedé con la duda clavada como un puñal. Emma era un misterio, y yo ya no sabía si
quería resolverlo o perderme en él.
El invierno no perdonaba. La nieve se amontonaba en las esquinas como si quisiera
sepultar la ciudad bajo un manto blanco, y sin embargo, cada encuentro con Emma era un
pequeño incendio que me mantenía vivo.
A veces hablábamos hasta el amanecer. Ella se reía de mis inseguridades, yo intentaba
descifrar los enigmas que escondía en cada frase. Una noche, mientras caminábamos por
Central Park, me confesó algo que me dejó helado:
—Shaun, alguna vez quise desaparecer.
—¿Cómo que desaparecer?
—Así como suena. Dejarlo todo atrás. Nadie se daría cuenta.
—Yo sí me daría cuenta —repliqué sin pensar.
Su mirada se suavizó. Fue la primera vez que vi lágrimas en sus ojos.
Aquel mismo invierno conocí a Daniel, mi vecino de departamento. Un hombre de unos
cincuenta años, divorciado, con más botellas vacías que libros en su casa. Aun así, se
convirtió en una especie de confidente inesperado.
—Se te ve distinto, Shaun —me dijo una tarde mientras compartíamos un cigarrillo en la
escalera del edificio.
—¿Distinto cómo?
—Como alguien que por fin encontró algo que perder.
Esa frase me persiguió durante días. Porque era cierta. Emma se había convertido en mi
centro de gravedad. Y si la perdía, todo se derrumbaría.
Las semanas siguientes fueron un torbellino. Emma me presentó a Clara, su mejor amiga,
una fotógrafa con un humor ácido que parecía conocer todos sus secretos. Clara me
examinó con una mezcla de curiosidad y recelo.
—¿Y tú qué haces para no volverte loco en esta ciudad? —me preguntó durante una cena.
—No lo sé, supongo que sobrevivir.
—Entonces Emma te está salvando —dijo con tono ambiguo.
Emma rió, pero yo sentí que aquella observación era más seria de lo que aparentaba.
Pese a los buenos momentos, las sombras regresaban. Emma desaparecía por días sin
explicación. Una noche, después de no responder mis llamadas, la encontré en la cafetería
de siempre, hablando con Marcus. Él tenía una sonrisa torcida y ella parecía incómoda.
—¿Qué pasa aquí? —pregunté con la voz más firme que pude.
Emma se levantó de inmediato.
—Nada, Shaun. Estábamos conversando.
Marcus sonrió aún más.
—Solo recordándole cosas que tú nunca sabrás.
Sentí un nudo en la garganta. Emma me tomó del brazo y me sacó de allí sin dar
explicaciones. Cuando estuvimos solos, me miró con una mezcla de miedo y tristeza.
—Prométeme que confías en mí —pidió.
—Lo hago, pero me estás escondiendo algo.
—No todo se puede contar.
Esa respuesta me partió en dos.
Las cosas comenzaron a cambiar en mí. De pronto, la soledad que había aceptado como
un hecho inamovible ya no me parecía suficiente. Quería más, necesitaba a Emma en
todas mis horas. Y cuando ella no estaba, sentía que el mundo se derrumbaba.
Daniel lo notó.
—Estás obsesionado, muchacho. Eso nunca termina bien.
—Ella me da razones para vivir.
—Y también podría darte razones para morir.
No quise escuchar, pero esas palabras se clavaron como cuchillos invisibles.
Una noche, Emma apareció en mi puerta empapada por la lluvia, con la mirada perdida.
—Necesito quedarme aquí —dijo.
—Claro, quédate todo el tiempo que quieras.
Se tumbó en mi cama y me abrazó con fuerza. Temblaba, como si hubiera visto un
fantasma.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Marcus… está intentando algo raro conmigo.
—¿Qué cosa rara?
—No quiero hablar de eso ahora. Solo protégeme.
La abracé. Y en ese momento entendí que haría cualquier cosa por ella, incluso lo
impensable.
Los días siguientes estuvieron cargados de tensión. Marcus no aparecía, pero su sombra
estaba en todas partes. Emma se mostraba cada vez más ansiosa, mirando por encima del
hombro, cerrando las cortinas incluso de día.
Clara me confrontó una tarde:
—Shaun, tienes que mantenerte fuerte. Emma arrastra un pasado complicado. Si no
puedes con eso, es mejor que te alejes.
—No voy a alejarme.
—Entonces prepárate. Porque su oscuridad también será tuya.
Sentí que todo se tambaleaba, pero no podía soltarla.
La gota final llegó una madrugada. Discutimos. Emma me acusó de no entenderla, de no
confiar en ella, de asfixiarla con mi miedo. Yo, en un arranque de desesperación, le grité: ¡Eres lo único que tengo! ¡Si me dejas, no queda nada!
Ella me miró en silencio, con los ojos verdes brillando de rabia y dolor. Luego salió
corriendo al pasillo. La seguí. No pensé, solo corrí tras ella.
La lluvia golpeaba las ventanas, el viento aullaba. Subimos a la azotea del edificio. Emma gritaba cosas que el viento arrancaba antes de
llegar a mis oídos. Yo intenté alcanzarla, sujetarla, hacer que se quedara.
Entonces ocurrió. En medio de mi desesperación, la empujé sin querer. Fue un
movimiento torpe, desesperado. Y ella cayó.
El cuerpo de Emma desapareció entre la oscuridad. Ni siquiera escuché el impacto; solo
el eco de mi respiración entrecortada y el latido frenético de mi corazón. Me asomé al
vacío, incapaz de aceptar lo que acababa de suceder. La bufanda roja, su bandera de vida,
quedó enganchada en una barandilla, como si el universo quisiera burlarse de mí.
Corrí escaleras abajo. La encontré tendida en el asfalto, inmóvil, con los ojos abiertos.
Nadie gritaba, nadie pedía ayuda; la ciudad, como siempre, era indiferente. Me arrodillé a
su lado.
—Emma… no… por favor no…
Un hilo de sangre bajaba por su sien. Tomé su mano helada y supe que no había vuelta
atrás.
La policía llegó minutos después. Me hicieron preguntas que apenas escuchaba. Un
oficial anotaba en su libreta mientras otro me observaba con sospecha.
—¿Fue un accidente? —me preguntaron.
No respondí. ¿Cómo explicar que el amor de mi vida había muerto por mis manos
temblorosas?
Clara apareció en el hospital, destrozada. Me abrazó con fuerza, aunque en sus ojos había
más rabia que consuelo.
—¡Tenías que cuidarla! —gritó.
No pude decir nada. Porque tenía razón.
Daniel también se enteró. Se acercó a mí una noche, cuando yo no había pegado ojo en
días.
—Esto te va a consumir, Shaun.
—Ya lo está haciendo.
—Entonces lucha. O deja que te devore.
No sabía qué elegir.
dejé de comer, de leer, de salir. En mi apartamento las sombras parecían crecer,
susurrándome cosas que no quería escuchar. Veía a Emma en cada esquina: en el reflejo
de las ventanas, en el sonido de las campanas de la cafetería, en la bufanda roja que
juraría aparecía en diferentes lugares como un recordatorio cruel.
Lo empujé fuera, pero su risa resonó en el pasillo mucho después de que se marchara.
“La maté, pero no quise hacerlo. La maté porque la amaba demasiado. La maté porque
no supe cómo detenerla sin romperla.”
Cada frase era un cuchillo.
Una noche soñé con Emma. Estaba en la azotea, pero en lugar de caer, me extendía la
mano.
—Ven conmigo, Shaun.
—No puedo.
—Ya lo hiciste. Solo falta que lo aceptes.
Desperté empapado en sudor, con la sensación de que me estaba llamando desde algún
lugar.
Clara me buscó de nuevo.
—Shaun, tienes que salir de aquí. Emma no querría esto.
—No hables por ella —respondí con frialdad.
—No eres el único que la perdió.
Esa frase me golpeó. No era el único. Pero era el responsable.
Un día, Daniel me llevó a un bar oscuro en el Lower East Side.
—Escucha —dijo sirviéndome un trago—. La culpa es un veneno. Si la dejas, te mata.
—Tal vez eso es lo que merezco.
—O tal vez puedes hacer algo con ella. Convertirla en fuego en vez de hielo.
No entendí del todo, pero sus palabras quedaron rondando en mi mente.
El clímax llegó una noche tormentosa. Subí de nuevo a la azotea. La bufanda roja seguía
allí, atrapada en la barandilla, agitada por el viento. Me acerqué.
—Emma… lo siento —susurré.
En ese instante, la vi. No sé si fue un delirio, un fantasma o mi mente quebrada. Emma
estaba de pie frente a mí, mirándome con los mismos ojos verdes de la primera vez.
Intenté tocarla, pero se desvaneció. Solo quedé yo, con la bufanda en mis manos y un
vacío que parecía devorarme completo


David Santiago Zapata Forero