Crónica de un techo descascarado

Yo soy una casa pequeña en el centro de Bogotá.
Afuera, mi fachada de ladrillo envejecido se confunde entre cientos de edificios iguales.
Soy estrecha, un poco oscura y con ventanas que dan a una calle ruidosa, donde los buses
dejan una nube de humo y los vendedores ambulantes pregonan sus productos desde
temprano —Envueltos de mazorca, calienticos los envueltos— Pero dentro de mí hay algo
que no se ve desde afuera: guardo los secretos, los miedos, las alegrías y los recuerdos de
una familia que aprendió a quererse entre mis paredes.


Muchos dirían que no soy la “casa de los sueños” de nadie. Mis pasillos son angostos, mis
habitaciones pequeñas y mis paredes ya tienen manchas de crayón y humedad. Pero yo sé
que los sueños no siempre se cumplen en grande, a veces se cumplen en silencio, con
procesos y paso a paso…


Recuerdo claramente ese día en que Antonia y Andrés llegaron. Venían con las manos
ocupadas: un colchón doblado, una maleta con ropa, una olla heredada por la abuela y una
guitarra vieja. Al abrir mi puerta, un olor a pintura fresca los recibió. Yo había sido pintada
a toda prisa antes de que entraran, pero aún se sentía en el aire ese aroma fuerte a pintura,
mezclado con el polverío que guardaba el lugar.


Esa primera noche durmieron en el piso, sobre el colchón que traían. Afuera llovía y el
agua golpeaba con fuerza mis ventanas. Ellos se abrazaron y rieron. Andrés, inauguro ese
lugar con una pequeña canción inventada que decía en su letra:
—No es mucho, pero es nuestro…
Y en ese instante, sentí cómo mi interior cobraba vida. Sus voces llenaron mis vacíos y
comprendí que, aunque no fuera la casa de sus sueños, podía ser el lugar donde esos sueños
empezaran a construirse.


Antonia siempre me miraba con ojos de esperanza y al mismo tiempo, de inconformidad.
Yo sabía que cargaba una promesa hecha en su niñez. Había crecido mudándose de un
lugar a otro, con una madre cabeza de familia que luchaba contra la falta de dinero. Su
madre era una de tantas mujeres en Colombia que sostienen un hogar a punta de sacrificio.
Cada madrugada encendía la plancha en un puesto de arepas sobre la carrera Séptima. Allí,
entre el humo y el olor a maíz asado, pasaban sus días, reuniendo peso a peso para el
arriendo y la comida.


Casas húmedas, piezas estrechas, patios compartidos, característicos de un inquilinato…
esa fue el entorno en el que Antonia creció. Desde muy niña aprendió a soñar con casas
grandes, casi como un escudo para no sentirse tan frágil ante su realidad.
Recordaba con claridad aquella noche en que su mama la despertó en la madrugada para
empacar todo lo que tenían en cajas de cartón. Su madre no había pagado el arriendo y
debían salir antes de que amaneciera. Antonia, con apenas ocho años, guardaba a toda prisa
sus muñecas, sin entender del todo por qué se tenían que ir de un lugar que apenas
empezaba a sentir como suyo. Esa sensación de desarraigo se le quedó pegada en la piel.


En el colegio, cuando sus compañeras la visitaban, sentía vergüenza: las recibía en salas
estrechas, con paredes manchadas de humedad o techos tan bajos que parecían aplastarlo
todo. No era que en esas casas faltara amor, pero Antonia siempre temía ser juzgada por la
vida que llevaban.
Recuerdo escucharla una noche, mientras lavaba platos, decir en voz baja:
—Algún día tendré una casa grande, con jardín y cuartos para todos. Nunca más quiero
sentir que me sacan de un lugar.
Era un deseo profundo, nacido de las heridas del pasado. Yo la entendía, aunque me dolía
que a veces al recorrer mis pasillos, sus ojos buscaran lo que no podía darle: amplitud,
lujos, perfección.


Con el tiempo, Antonia y Andrés llenaron mis rincones de vida. Una tarde, sin previo aviso,
Bogotá se cubrió con un cielo gris y comenzó una granizada tan fuerte que parecía que el
cielo se rompía a pedazos. Yo temblaba con cada golpe de las piedras de granizo que
rebotaban en mi techo. muchas de mis tejas no resistieron y terminaron rotas, el agua entro
con rapidez y en cuestión de segundos mi sala se convirtió en un pequeño lago. Antonia
gritaba preocupada mientras intentaba salvar los electrodomésticos, y Andrés corría con
baldes y trapero, sacando el agua que entraba sin piedad. Esa noche fue larga: colchones
secándose contra la pared, pantalones colgados por todas partes y el olor húmedo
impregnado en cada rincón. Esa noche vi a Antonia y Andrés trabajando en equipo y riendo
a ratos de su desgracia. En medio de ese caos, entendí que incluso en los momentos más
difíciles, ellos encontraban la forma de sentirse en casa.


Años después, pintaron mis paredes con un blanco imperfecto, que pronto se fue llenando
de manchas de crayón, de huellas de manos pequeñas y de torcidos garabatos.
El olor a caldo de pollo siempre se escapaba desde mi cocina, mezclado con el aroma del
café que Andrés preparaba cada mañana antes de salir a trabajar. Por las noches, mi sala se
iluminaba con una lámpara y la música de la guitarra. El sonido era cálido, como si las
cuerdas acariciaran mis muros.


Llegaron los niños y conmigo llegaron nuevas sensaciones. El llanto del bebé en la
madrugada, el olor dulce de la colada, los colores vivos de los juguetes tirados en el suelo,
Cada paso torpe de los niños sobre mi piso de baldosas me recordaba que estaba vivo.
Cuando dieron sus primeros pasos, yo los sostuve con cariño: fui testigos de sus tropiezos,
mis paredes recibieron sus manitas buscando equilibrio. Yo, que antes era un espacio vacío,
ahora me sentía un corazón latiendo.


Pero mientras más recuerdos guardaba con ellos, más veía cómo Antonia soñaba con algo
más. Veía revistas de arquitectura con fotos brillantes de casas campestres, con jardines
verdes y cocinas tan grandes como mi sala entera. Navegaba en internet, señalando con el
dedo casas con ventanales enormes y terrazas soleadas, veía Instagram constantemente
comparándose con aquello que otros mostraban, las redes le hacían creer que la felicidad
estaba siempre en otra parte, nunca en lo que ya vivía entre mis paredes.
—Mira, Andrés, aquí cabría un comedor para todos, aquí los niños tendrían espacio para
jugar —decía con brillo en sus ojos.


Andrés la escuchaba en silencio y luego, acariciando su guitarra, respondía:

—Tal vez… pero aquí ya caben nuestras risas— él se sentía profundamente agradecido con
el hogar que habían podido construir hasta entonces. Sabía que no era mucho comparado
con las revistas de finca raíz que veía Antonia, pero para él cada ladrillo mío significaba
esfuerzo, noches de trabajo, ahorros contados y renuncias que solo ellos conocían. Aunque
también soñaba en grande: un patio para colgar las hamacas, un estudio donde pudiera
ensayar sin molestar a los vecinos, pero sabía qué no podía sacrificar a su familia en
nombre de un ideal que superaba sus ingresos.
Yo lo entendía. Yo sabía que lo esencial no estaba en los metros cuadrados, sino en lo que
ya habitaba dentro de mí. Pero claro, las casas no hablamos con palabras, solo con
silencios.


Antonia empezó a calcular el costo de la “casa de sus sueños”. Pasaba las noches haciendo
presupuestos, echando lápiz y sumando en una calculadora. Tendrían que estar dispuestos a
pedir al banco un crédito que les tomaría treinta años pagar y también tendría que estar
dispuesta a hacer muchas horas extras lo que significaba menos tiempo en familia para
dárselo a su trabajo.
Yo la escuchaba suspirar, cansada, mientras tomaba su taza de café caliente. A veces,
mientras los niños dormían, ella se quedaba quieta, mirando la fotografía de su boda
colgada en mi pasillo. En esos momentos yo quería decirle: “mírame bien, aquí ya está lo
que buscas, tu historia”. Pero seguía soñando con otra casa, como si yo no fuera
suficiente…


Un día de lluvia, Antonia llegó tarde. Se había quedado en la oficina haciendo horas extras.
Cuando por fin salió de su trabajo, la ciudad era un caos: El Transmilenio lleno, los
trancones interminables, el aire ese día olía a tierra mojada. Llego con la ropa empapada y
los zapatos llenos de barro. Abrió mi puerta con lentitud y lo que vio la dejó inmóvil.
Adentro, la luz amarilla de mi sala iluminaba a su familia. Andrés tocaba la guitarra
mientras los niños cantaban con sus vocecitas. Sobre la mesa había platos sencillos con
arroz, huevo y arepas, y el aroma de la comida aún flotaba en el aire. El sonido de las risas
llenaba todo el lugar.


Antonia se quedó en silencio, sin que la notaran. Lágrimas cayeron por sus mejillas. Esa
imagen la confronto y entendió que todo lo que buscaba afuera ya lo tenía dentro de mí.
Ese fue el clímax de su historia, y yo lo sentí en cada uno de mis ladrillos.
Esa noche, cuando todos durmieron, Antonia me recorrido como si me viera por primera
vez. Pasó la mano por mis paredes manchadas de crayones y sonrió. En la cocina aún
quedaba el aroma de las arepas esas que le recordaban a mama y el sonido lejano del agua
goteando. Miró el sofá viejo de la sala y recordó las películas compartidas, las carcajadas,
las canciones.


En el pasillo, las fotos de sus hijos parecían brillar bajo la luz y fue entonces cuando el
pasado se le vino encima. Allí recordó la primera vez que llegaron con nada más que un
colchón y un montón de sueños. Recordó las noches de fiebre del niño mayor, bajada con
paños de agua fría; las tardes en que pintaron juntos; las madrugadas donde Andrés tocaba
para calmar el llanto de los bebés.
Por primera vez, me miró como nunca antes, no con inconformidad ni con ansias de huir,
sino con gratitud. Y yo, la casa que había guardado en silencio cada memoria, me sentí
habitada de verdad.


Desde ese día, Antonia no dejó de soñar, pero ya no soñaba con metros cuadrados ni con
fachadas perfectas. Cuando hablaba de “la casa de mis sueños”, se refería a lo que ya tenía,
a mí, un hogar lleno de olores, colores y sonidos que ninguna revista podía mostrar.
Yo, la casa pequeña del centro, entendí que mi valor no estaba en mi tamaño ni en mis
paredes descascaradas, sino en lo que había dentro de mí: los abrazos que calmaban el
miedo, los juegos que ponían color a los días grises, las canciones que convertían la rutina
en fiesta. Mi grandeza no estaba en los metros cuadrados, sino en el calor humano que me
habitaba. la vida de una familia que aprendió que el verdadero lujo es estar juntos.
Porque al final, ¿qué es una casa sino un cofre que guarda las memorias de quienes la
habitan? Y yo guardo las suyas con orgullo.


Y aunque tal vez algún día ya no me habiten, sé que mis paredes habrán cumplido su tarea.
Los hijos de Antonia y Andrés crecerán sabiendo que tuvieron un hogar real, uno donde
fueron escuchados, abrazados y acompañados. No recordarán tanto los metros cuadrados, ni
los muebles nuevos, ni las fachadas perfectas que nunca llegaron, recordarán las tardes de
juegos improvisados, las canciones que componía su padre, la dulce voz de su mama, y los
olores sencillos de una comida hecha con amor.


En una generación insatisfecha por todo, ellos recordarán el valor de los procesos: el
aprender a esperar, el celebrar lo pequeño, el descubrir que la felicidad no está en tenerlo
todo, sino en construir juntos cada paso. Agradecerán a sus padres no por haberles dado lo
que sobraba, sino por dedicarles lo único que nunca vuelve: su tiempo.
Allá afuera, en estas mismas calles, hay cientos de casas como yo: techos que se
descascaran, paredes que tiemblan con la lluvia, pasillos angostos que guardan más sueños
que metros. Cada una de nosotras protege familias que sueñan con algo más grande, con un
espacio propio que a veces parece inalcanzable. Es un anhelo compartido en este país: tener
un hogar propio, estable, definitivo. Pero tantas veces ese sueño se aplaza, como un deseo
heredado que pasa de generación en generación.


Y yo, que guardo tantas memorias, les cuento mis historias a las casas vecinas. Les hablo
del esfuerzo de las familias que me han habitado, en especial de la lección que aprendió
Antonia, y de las risas y llantos que llenaron mis rincones. Las casas de los barrios del
centro me escuchan con atención, recordando travesuras de niños, amores y desamores,
confidencias de adolescentes y el chismerío del vecindario.
Si les contara historias de cada una de mis hermanas, tendríamos para varias páginas: los
secretos guardados en sótanos, los ecos de discusiones familiares, los recuerdos de amores
que dejaron marcas en las paredes, y las pequeñas victorias de quienes, día tras día,
construyen sus vidas con lo que tienen. Y así entre confidencias compartidas, todas
aprendemos que una casa no es solo ladrillos y cemento, sino memoria viva, refugio de
afectos y testigo silencioso de vidas que merecen ser contadas.

Carol Ximena Rodriguez Reyes

Soy Ximena Rodríguez, colombiana y estudiante de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Central. Escribo porque encuentro en las palabras un refugio y a la vez, una manera de dar luz a lo cotidiano.

Artículos recomendados