Promesa servida

Esa noche, el muerto regresó por una taza de café. Marta había dejado la bebida sobre la mesa, como cada aniversario desde que su esposo falleció. No esperaba nada, solo el consuelo del ritual. Pero cuando el reloj marcó la medianoche, escuchó pasos lentos acercándose desde el pasillo. La taza tembló, el vapor se movió con forma de aliento, y una sombra se sentó frente a ella.

El muerto levantó la taza, bebió un sorbo y la miró con ternura. “Siempre supe que me esperarías”, murmuró con voz lejana. Marta no huyó; sonrió, temblando, mientras una lágrima se mezclaba con el café derramado.

Al amanecer, la taza seguía caliente, pero la silla estaba vacía. Marta entendió que el amor no termina con la muerte, solo aprende a regresar cuando lo llaman con una promesa… y una taza de café.

Martin Montero Gomez.

Artículos recomendados