El compromiso siempre fue no preguntar de más… Todo empezó cuando llegué al
entrenamiento; el cliente era una empresa privada que prestaba un servicio
especializado en Estados Unidos para personas adineradas. Lo único que sabíamos
era que tomaríamos las llamadas acerca de facturación, nada más.
Fue usual para mí ver que ese primer día nos harían firmar un contrato de
confidencialidad. Los primeros días transcurrieron normales: explicación del flujo de
llamadas y algunos programas. Todo empezaría a tornarse extraño cuando llegó el
momento de la explicación del vocabulario. Al ser una empresa de salud, supuse
que sería únicamente vocabulario médico, pero no; resultaron ser códigos
demasiado extraños. Por ejemplo: sangre en inglés es blood, pero para ellos era
006-4. Nunca vi mayor preocupación al respecto, supuse que era un tema propio de
la empresa; luego terminaría el momento de la capacitación.
El primer día de llamadas, al entrar al piso de producción, me percaté de que todo
era extremadamente tenue; la atmósfera era sombría, más de lo que resultaba ser
un call center; ninguno hablaba entre ellos; en los puestos de trabajo únicamente
tenían códigos. Encontré mi lugar de trabajo y me conecté. La primera llamada fue
algo sencillo, una persona que necesitaba saber a qué lugares se podía dirigir para
obtener un 008F y su respectivo costo (reserva de sangre tipo AB +). Le envié la
lista a su correo, nada complejo; de ahí en adelante empecé a cuestionar por qué no
solo iban a un hospital. Luego de 4 meses, ascendí; pensé que sería supervisor,
pero no, ascendí a un departamento donde las llamadas llegaban filtradas. Al día
siguiente me levanté con un presentimiento extraño, pero aun así asistí al trabajo.
Llegué y me conecté. La primera llamada que atendí me dejó fría: un hombre
extremadamente molesto con una orden de 018-20 para el día anterior, el cual tuvo
un “rechazo”. Pensé: no lo admitieron en el hospital o la tarjeta no pasó. Cuando le
pregunté qué tipo de rechazo, respondió: “¿Acaso no entiendes que me enviaron
algo que no sirve?”. Cuando los clientes se enojaban, inmediatamente los
pasábamos a otra línea; en ese caso lo hice, pero mi sistema no me dejó colgar, me
quedé durante la llamada y cuando la otra persona respondió, hablaron de que
había pagado miles de dólares y ocurrió el rechazo porque el 018-20 era de 40 años
y no de 20. Quedé extremadamente confundida. Al salir, me vi con Edfran, un amigo
del trabajo de no más de 25 años; quería contarle lo que había ocurrido, pero me
asustaba. No fue hasta que llegamos a mi casa que empecé a hablar y él me
interrumpió: “No, no sigas, ¿no te das cuenta de que estamos en peligro?”. No
entendía a qué se refería.
Al llegar al trabajo el día siguiente, Edfran no estaba y llegó una alerta para hacerle
llamadas a clientes específicos diciéndoles que su orden ya estaba. Tuve que hacer
una de esas; era para un 897A. En la llamada logré escuchar que la señora le
estaba diciendo a un hombre: “El reporte llegó, es de un hombre joven, 20 años
aprox., que no fumaba ni tomaba”. No entendía. No fue hasta los descansos que
teníamos que escuché a unos compañeros hablando acerca de dos personas que
no habían vuelto y que en la mañana tuvieron que hacer las mismas llamadas que
yo. Decidí llamar a Edfran, pero su celular estaba apagado; pensé en buscarlo, pero
caí en cuenta de que en realidad no sabía más de él.
Los días siguieron “normales”. Edfran no volvió, entonces decidí al final del turno
revisar su puesto de trabajo. Encontré una nota con una URL de una página web; lo
guardé en mi bolsillo. Saliendo de la oficina, busqué un café internet. Al encontrarlo,
busqué la página; quedé sorprendida al darme cuenta de que era una página de
compra de órganos. No entendí mucho hasta que me percaté de que el servicio no
tenía un número visible. Creé una cuenta anónima y vi los catálogos, reportes y
rechazos de los que hablaban los clientes en las llamadas. Mil ideas empezaron a
surgir por mi mente: ¿Por qué Edfran tendría esta página? ¿Por qué desapareció sin
decir nada? ¿Por qué podía relacionar esta página con mi trabajo? Esa noche no
pude conciliar el sueño. Al llegar al trabajo empecé a detallar todo; en definitiva, ya
entendía el porqué del contrato de confidencialidad, de los códigos… pero no sabía
qué hacer.
Trabajé normal toda esa jornada, hasta que me llegó un correo de mi jefe,
citándome en su oficina. Al momento de salir, fui y lo busqué, me senté y él empezó
hablándome de mi buen rendimiento, hasta que dijo: Ya no hace falta que lo digas…
todos sabemos que tú lo sabes.
¿No? ¿Sam68? Me inquieté, cómo sabían cuál había sido mi nombre de usuario en
la plataforma; intenté irme, pero llegó seguridad y me impidieron la salida. Me
sentaron y dije: “Renuncio, no le contaré a nadie, lo prometo”. Mi jefe se rio y dijo:
“¿Cómo si fuese tan sencillo como solo decir que renuncias? ¿Acaso no leíste la
letra pequeña del contrato?”. ERES NUESTRA, en todo el sentido; o sigues
trabajando con nosotros o quieres estar con Edfran. Ahí caí en cuenta de todo;
Edfran era el joven de 20 años por el cual tuvimos que llamar a muchos clientes que
habían estado esperando sus órganos. Del miedo me desmayé y al despertar tenía
puesta una bata, mi jefe estaba en frente y me dijo: “¿Qué harás?”.
¿Qué hice? En lugar de huir o morir, decidí quedarme en la red, aprender más a
profundidad cómo funcionaba. Empecé a ser la que coordina quién era o no
contratado, manejaba llamadas complejas, hablaba con proveedores; básicamente,
ahora soy quien está al mando de esto, a diferencia de que ahora cada órgano que
sale de aquí… viene de alguien que lo merece, que libremente y según el contrato
ya no es dueño de su cuerpo…
- Julifia Marseren


Julieth Andrea Martin Cardenas