Estaba inmóvil mientras me miraba a mí misma dormir boca arriba (postura que nunca acostumbraba a utilizar para esto, pues me generaba miedo e inseguridad), sin embargo en ese momento tal vez por la situación no me enfoque en esto, solo no entendía cómo a pesar de ello podía observar lentamente aquellas cosas que nunca imaginé, detallaba mis facciones de paz y tranquilidad, sensaciones reforzadas por la delicadeza con la que mis pestañas rozaban mis pómulos cuando tenía los ojos completamente en descanso, recuerdo perfectamente la inflación de mi pecho en cada una de mis respiraciones como si se tratara de un ritmo, del que solo yo tenía el control. Me veía despreocupada como si en ese momento nada importara. Hasta que recordé ese pequeño pero importante detalle, yo estaba dormida, y sí, sé que ustedes se estarán preguntando ¿Cómo se lograba ver si estaba dormida? La verdad es que no tengo una respuesta exacta para esta pregunta, sin embargo, lo que sí les puedo contar es como en ese instante en el que fui consciente de ello, una sensación de pánico me inundó y tal vez por eso, en cuestión de segundos desperté. Estaba inmóvil, tal cual me había observado a mí misma anteriormente, no podía moverme, de hecho, para lograrlo tuve que hacer una fuerza increíble, pues a la vez sentía un peso sobre mi pecho, como aquel que quisiera impedirte respirar, y aunque volver a moverme me costó, después de cierto tiempo, lo logré.

Guiada por el miedo me reacomode y catalogue lo vivido como una simple pesadilla nacida de la ansiedad que me generaba una nueva aventura que comenzaría prontamente, sin saber que mi proceso en esta me darían millones de experiencias que mi mente nunca llegaría a imaginar.

El resto de la noche transcurrió con total normalidad, increíblemente, desperté al siguiente día, mucho más tranquila y emocionada por lo que se avecinaba. La mañana, soleada, e igual de serena a mi estado de ánimo me acompañó durante mi rutina diaria. Entre uno de mis hábitos estaba el pasear con mi mascota, Violetta, una perrita criolla, que rescatamos junto a mi familia hace aproximadamente dos años, y quien siempre me acompañaba, sin importar la hora, lugar o situación, ella siempre había estado ahí y ese día no era la excepción. Mientras caminábamos en el parque, recibí una llamada, era mi amiga Laura, quien me había invitado a una clase de danza en horas de la tarde ese mismo día, extrañada por la llamada decidí contestar:

-¿Aló?

– Dani, hola, ¿Cómo estás?

– Hola Lau, muy bien ¿y tú?

– No muy bien, lo que pasa es que mi tía tiene programado un viaje y no puedo llegar a tiempo a la clase.

– Mmmm… ¿y entonces?

– Pues estaba pensando en llegar media hora tarde, hablé con la profe, ella no presentó ningún problema. ¿Te parece?

– Aaaa si claro, si quieres avísame cuando estés por llegar y nos encontramos.

– Si, si dale.

– Vale Lau, espero que te vaya muy bien.

– Gracias Dani, te dejo, estoy corriendo hacia el aeropuerto con mi tía.

Entre risas, finalice la llamada, mire a Violetta y seguí paseando junto a ella por unos minutos más, regresamos a la casa y mi día transcurrió con total normalidad, hasta que, a eso de las tres de la tarde, me llegó un mensaje de Laura, quien, como lo habíamos acordado, me avisaba que ya iba en camino al punto de encuentro que nosotras teníamos estipulado, una heladería que quedaba cerca del colegio donde estudiamos. Rápidamente me alisté y después de unos minutos ya estábamos juntas, no olvido el cómo pensé por horas e incluso días el cómo debía vestirme, tal cual planeas y te preocupas por el outfit de tu primera cita, así que cuando por fin aclaré mi mente y decidí que iba llevar puesto, me vi con Lau en la heladería, para después de un cálido saludo emprender desde allí el camino hacia la academia de danza.

Durante el recorrido nuestras voces adornaban el momento, pues nosotras realmente hace mucho no nos veíamos y por lo tanto teníamos mucho que contarnos. A pesar de ello, en ningún momento desvíe totalmente mi atención enfocada en el camino, fue imposible que no me fijara en él desde el inicio, pues decidí estar muy pendiente con el fin de evitar confusiones espaciales futuras. Con esto en cuenta, durante el trayecto habían calles pavimentadas, fáciles de transcurrir, y sin ningún tipo de ruido, sin embargo, casi llegando al lugar comenzaba una parte rocosa y húmeda, para pasar había que hacer algunas maniobras para llegar al inicio de un callejón, en donde, en lo profundo de este, se encontraba una casa, era grande, de tres niveles, recuerdo la sensación que tuve al entrar, sentía una emoción combinada entre alegría, expectativa y un poco de ansiedad, que solo pasaron a un segundo plano cuando empecé a bailar, no era experta, estaba al fondo del salón y en más de un momento los pasos no me salían, en general me sentía un poco perdida y descoordinada, pero aun con todo eso, me sentía libre, feliz, satisfecha y apasionada, apasionada por algo que pocas veces había hecho, y cuando lo hacía era desde el gusto, desde la necesidad de sentir esos instantes de libertad y plenitud cuando bailaba, o en efecto cuando practicaba algún arte que me gustara como la escritura, pintura, canto y en este caso la danza. Mientras intentaba seguir con los ritmos, guiándome por los demás integrantes que estaban en frente mío, la profesora me miro, y aunque dentro de mi todo seguía en un segundo plano, ella lo hizo de la forma más cálida que puede llegar a existir, me sonrió, y ahí, lo sentí. Me convencí totalmente de que ese era mi lugar, ese en donde yo podía ser y en donde nadie me iba a juzgar.

Todo esto que les acabo de contar paso hace aproximadamente un año y medio, y si se preguntan si aun sigo bailando, la respuesta es sí, y aunque ha sido un proceso maravilloso también ha sido un poco difícil, muchas veces interrumpido por baches, tal cual las piedras estorbosas de camino a la academia, me he enfrentado con varias inseguridades, la Dania de antes no es la misma del momento, cuando empecé me inundaba el miedo, ese mismo me impedía hacer las cosas, tomar riesgos, me sentía tan insegura que muchas veces paso por mi cabeza dejarlo, alejarme de este lugar y encontrar algo que fuera más conveniente para mí, o ahora que lo pienso para mis inseguridades, y un día casi lo hago, recuerdo que me estaba preparando para hablar con los maestros después del ensayo para presentar mi renuncia, cuando me informaron que había sido convocada para tener mi primera presentación, y que a diferencia de muchos, esta iba a ser en la facultad de artes de la universidad Distrital, uno de los escenarios más importantes a nivel nacional y adorado por los miles de artistas que han logrado y que sueñan con asistir allí, además de ser uno de los escenarios más significativos que pisaría la agrupación desde que empezó. Esta presentación no solo me abría las puertas como nueva integrante a este grupo, sino que, me mostraba la abertura de esa puerta que durante un largo tiempo imagine ya no existía, y que, por lo tanto, tal vez, y solo tal vez había llegado a desaparecer, me convencieron de lo significante que era esta presentación, y de que si había sido convocada para la misma era porque habían visto mi proceso y contaba con el nivel, sabían que me lo merecía.

Después de esto el resto es historia, ahora soy mucho más segura, amo sonreír como si el mundo se iluminara al ver mis dientes, mismos que antes, a través de las inseguridades que la sociedad logro sembrar en mí, me impedían disfrutar de la vida y de esos instantes de alegría plenamente. Ahora, aunque sigo presentando miedos, entendí que hace parte de vivir y de crecer, entendí que al igual que yo, todos los seres humanos lidiamos diariamente con miedos internos, tal vez algunos de los que nadie sabrá.

Con la llegada de la danza a mi vida, todos mis tipos de miedos sean externos o internos, superficiales o interiores pasaron a ser entendidos y confrontados a la hora de bailar, expresarme y desplazarme lentamente sobre un escenario.

Y aunque yo siempre suelo resaltar los momentos de alegría y satisfacción que me ha brindado la danza, también hay que nombrar esa otra cara que pocas veces se hace visible, que pocas veces es notoria, y por lo tanto llega a ser escondida dentro de este mundo, y es que la danza es hermosa, sí, pero… ¿Qué pasa cuando esta se ve quebrantada por estigmas y estereotipos sociales? Yo te lo cuento, esa faceta oculta de la danza, es aquella en donde en algunos casos sus integrantes llegan a presionar su estado físico con el fin de encajar en un paradigma físico social, el de “ser ejercitado”, y como consecuencia que tu cuerpo lo demuestre, sino, pierde credibilidad, durante décadas sus integrantes masculinos han cargado con el peso de ser señalados como “afeminados” por decidir practicar un arte en vez de un deporte, e igualmente sus integrantes femeninas han caminado de la mano con la idea de que esto resalta su feminidad, y como consecuencia sería mucho más fácil “encajar”, este par de ideas además de las muchas que pueden llegar a girar en torno a este hogar, están ligadas a una aprobación social, como si esta fuera la prioridad o el pilar para llegar a ser reconocidos como humanos, como seres sintientes y actualmente como importantes, esto en un mundo opacado por la idealización de lo público y el prototipo social.

Lastimosamente, en un país como Colombia, en donde sin importar lo que hagas, siempre vas a ser socialmente juzgado, este arte, más allá de lo que trae consigo negativamente hablando, es escogido entre tantos precisamente porque es uno en donde tu pasas a ser la fuente de transmisión, esa en donde la conexión entre tu cuerpo, mente y alma es fundamental, en donde tu responsabilidad básica como bailarín es llegar a transformar un conjunto de movimientos corporales siguiendo cierto ritmo, para convertirse en un lenguaje corporal, uno en donde puedas expresarte y contar aquello que te agobia, o por el contrario que te hace retorcerte de felicidad. En este arte más allá de escuchar las canciones, como bailarines nos tomamos el tiempo de analizar el contenido de sus letras, junto al sentir de sus ritmos para finalmente llegarlo a interpretar, y que tal interpretación sea tan poderosa, profunda y sincera, que quien nos vea, llegue a sentir eso que la canción y el baile siempre quisieron expresar, pero que solo es posible cuando estas dos herramientas se unen como un conjunto de piezas de rompecabezas en donde muchas veces el resultado final puede ser una historia, una anécdota o simplemente un sentir momentáneo, lo importante es que logres el objetivo anteriormente mencionado.

Con todo lo anterior como base me permito decir con total libertad que el concepto de mi casa, mi hogar, mi lugar, ese que, para mí, debe transmitir seguridad ha cambiado inexplicablemente a través del tiempo. Entendí que “la casa” puede adquirir un concepto mucho más profundo y especial, lo entendí un día, cuando sin saber el ¿por qué? repentinamente nació en mí una curiosidad inmensa por la danza, por esa que tiene una intención y que guarda en lo más profundo una historia, una tradición y una identidad, en mi caso aquella que me logre mover desde adentro, que me recuerde lo que significa ser colombiano, y, por lo tanto, que me convierta en instrumento al danzarlo para transmitirlo. El Folklore llego a mi vida cautivándome y atrapándome con sus ritmos, trajes, sutileza y a la vez fuerza, pero más allá de estas razones, porque encontré en él un lugar donde puedo ser, donde me puedo mostrar sinceramente, ese lugar que me ha acompañado en mis alegrías, pero que muchas veces se ha transformado en mi refugio, ese donde me he olvidado de alguna mala situación por la que esté pasando, ese lugar en donde las emociones, sea cual sea, pasan a ser expresadas, liberadas y transformadas en fuerza, alegría, sentimiento o nostalgia cuando danzo al compás de ritmos como el mapalé, la carranga, el bullerengue y algunas melodías de Nariño. Es como si tuviera el poder de hacerme sentir todo y nada a la vez, de recordarme quien soy y olvidarme de aquellas cosas que me pueden llegar a desviar.

Esas y mil razones más, convirtieron a la danza en mi casa, de esas en donde llegas como huésped provisional, y te enamoras tanto del entorno y las experiencias allí vividas, que decides habitar eternamente en su naturalidad a lo largo de tu vida, y si existe la vida después de la muerte también por la eternidad.

Artículos recomendados