Johan se despertó de golpe al recordar a su padre, el horror y repulsión invadieron al instante la mente del pequeño de 13 años que, postrado sobre el sofá de terciopelo, tosiendo pasivamente, a estas alturas ya casi sin voz y ante la avalancha de aquellos recuerdos traumáticos sólo pudo romper en llanto, poco después tal desdicha fue reemplazada por una profunda nostalgia, melancolía y soledad al pensar en aquellos días felices junto a su madre Rebeca, su tío Marcus, su abuelo Eric, su hermano mayor Jasper y sus hermanas menores Sophie y Leila. Pese a que Johan ciertamente no tenía una muy buena relación con sus hermanos pues estos últimos solían molestarlo frecuentemente debido a la tos y perdida gradual de la voz que el pequeño ha padecido casi desde que tiene memoria, es más podría decirse que, no lo querían, respecto a Marcus, su tío, ciertamente no tiene casi ningún recuerdo, era distante emocionalmente hablando y prácticamente invisible para el resto (más aún considerando que rara vez iba a la casa), salvo por su costumbre de despedirse sacudiendo sus tres dedos, puesto que no tenía el índice y una ocasión en que lo vió a lo lejos acariciar a uno de los “seres mágicos del bosque” (ciertamente había recordado eso hace unos días al pensar en el), apenas si podía recordar su nombre. Johan sin embargo no les guardaba rencor ocupando un lugar en su corazón y formando parte de su ya lejana infancia feliz, especialmente su madre y abuelo con quienes compartía un vínculo especial, las historias del abuelo Eric por la noche antes de dormir y la comida que su madre preparaba al llegar exhausta del trabajo, ese era el momento del día en que podía verlos (varios días y semanas ni podía), su momento favorito puesto que ambos trabajaban como doctores en la ciudad, sin embargo era incapaz de recordar, concretamente, la rama científica en la cual ejercían. en general, él los quería y apreciaba, pese a pasar la mayor parte del tiempo en el bosque cercano a la casa jugando o corriendo aterrorizado por la amenaza de las “cucarachas monstruo’’ (o básicamente cualquier bicho anormalmente grande con manchas verdosas o más extremidades de lo normal) entre otras criaturas que el sentía lo acechaban, una tarde cuando ya caía la noche, le pareció ver un ciervo con dos cabezas, una mañana vio un perro con cuatro patas, y en las tardes los dichosos insectos, entre otros seres sobrenaturales del bosque, cada vez que los veía el resultado era similar, corría a la casa aterrado, pero igualmente emocionado a contarle, como podía, a sus hermanos que burlándose alegaban delirios a veces sin molestarse en responderle al infante o tan siquiera prestarle atención, el resto del tiempo estudiaba personalizadamente con tutor o individualmente en su cuarto, pese a las adversidades, amaba su hogar, al menos hasta aquel maldito día. Traerlos a su memoria consolaba su miserable existencia pero igualmente lo condenaba emocionalmente puesto que al recordar se iba dando cuenta poco a poco que su familia ciertamente no lo apreciaba tanto como él pensaba, aún así prefería atesorar aquellos momentos que compartieron juntos, las cenas en familia, las salidas de campo, cuando iban a la ciudad ya sea por ocio o algún compromiso laboral de su madre y abuelo, estos ineludiblemente conseguían hacer emerger su trauma Pues no pasaba ni un solo día en que no se sintiera culpable hasta cierto punto, ya que sentía desde lo más profundo de su alma que fué él el detonante de aquel hórrido acontecimiento, pero aún más que ello, impotente, lo peor de todo es que ni siquiera podía pensar más de 2 o 3 segundos en los rostros de sus familiares sin que en su mente aparecieran aquellas espeluznantes caras mutiladas, casi desintegradas que vió a través de la ventana, pues debido a su condición no tenía permitido salir en día de nieve y todo a causa del ataque cobarde y feroz planeado y orquestado por Raymond, su padre. Con ello naturalmente llegaba el momento de pensar en él, no importaba como ni cuando se pusiera a hacer “catarsis”, así es como le llamaba él a dichas recapitulaciones, a Johan siempre le parecía curioso y sumamente extraño que supiera relativamente mucho de él, aún cuando no conocía su verdadero rostro, de hecho cada vez recordaba cosas nuevas al recapitular, este era el único motivo por el cual el pequeño se sometía diariamente a tal rutina infernal rememorando e incluso aumentando el trauma que tanto lo aquejaba, pues sentía que lo ocurrido en aquel fatidico día de la nieve purpura, era apenas la punta del iceberg.aún así era incapaz de recordar, de momento, muchos de los sucesos que acontecieron antes de aquello. Raymond, (o Ray) según le contó su madre y abuelo siempre fue un hombre serio y sumamente reservado, apasionado por la energía nuclear y la ciencia en general. conoció a su madre un día de otoño en que las hojas se amontonaban por las aceras y calles de la ciudad, ambos se encontraban trabajando en la misma farmacéutica y a partir de ahí, las múltiples noches que pasaron juntos, trasnochándose creando nuevas vacunas, fue que se enamoraron. su madre Rebeca siempre había vivido a las afueras de la ciudad junto al abuelo de Johan, también doctor, en la misma casa en la que él se encuentra aprisionado actualmente, sin su madre que falleció presuntamente asesinada, por otra parte Raymond era un citadino en el más puro sentido de la palabra, hijo del dueño de la farmacéutica pasteurlink una de las más prestigiosas de la ciudad y para la que trabajaba al momento de conocer a su futura esposa y de una madre ausente hija del propietario de una planta nuclear a las afueras de la ciudad. ambos fueron prácticamente obligados a casarse en un matrimonio tan lucrativo como tormentoso, motivo por el cuál Ray creció en una gigantesca mansión en el centro de Stoneland, rodeado de lujos pero sin la más mínima noción de afecto y calor humano, era este el motivo principal que su madre acuñaba al porqué de su actitud, sin embargo su abuelo iba aún más allá dando entender que siempre estuvo loco, mencionando que desde pequeño tenía la afición de torturar gatos, aves e insectos a través de experimentos sumamente depravados, más semejantes a rituales de hechicería que a cualquier práctica de índole científica. Esta era la parte en la que Johan desconfiaba más, incluso de sí mismo puesto que no podía comprobar la veracidad de dichos recuerdos, salvo por aquellas ocasiones en las que contó a sus ‘‘familiares favoritos’’ acerca de los seres mágicos que rara vez observaba en el bosque, sólo para recibir un golpe en la cabeza (que hasta ese momento no recordaba) ordenandole sin más que se alejase de aquel lugar, en varias ocasiones mandando a sus hermanos a no dejarlo salir para allí, instrucción que en la mayoría de las ocasiones era simplemente ignorada o abandonada al rato puesto que a los hijos de Rebeca ciertamente poco y nada les importaba lo que le pasará a uno de ellos, el niño enfermo que tosía gran parte del tiempo y que para ellos era la razón principal por la que su madre y abuelo extendían sus jornadas laborales a la búsqueda de una cura para su enfermedad, arriesgando de paso su esperanza de vida en la infame ‘‘smokeland’’ título satírico acuñado a la recién rememorada stoneland, por su altos niveles de contaminación concentrada en su aire. Para sus hermanos el simplemente no importaba.
El otro recuerdo, el más doloroso, cuando su padre apareció, aquel día en que la nieve tomó un color purpureo, caminando por la colina, con una máscara radioactiva, o al menos se parecía a las que se usaron en aquel terrible desastre de Chernobyl en el ya lejano año de 1986, aquel día vio a su padre caminar entre la nieve púrpura, justo después de que Jasper, el primero en notar su presencia, se refiriese a él simplemente como “Raymond”, posteriormente Eric y Rebeca utilizarían el mismo nombre para referirse a él, al increparlo y ordenarme que desistiera de su ataque. En un estado de horror absoluto Johan recordó, una vez más las últimas palabras que su progenitor pronunció tras haber cegado la vida de todos sus familiares y de paso, abandonándolo a su suerte en aquella casa, lujosa, deprimente y enigmática. Sus últimas palabras en cuestión fueron “Hasta luego hijo, vive con un nuevo propósito“ frase que sumada a la foto que encontró dos días después junto a toneladas de comida enlatada y procesada, donde se encontraba él junto a su madre y abuelo con trajes muy similares y una máscara que sobresalía del resto, idéntica a la que poseía el asesino, color verde oscuro con detalles en plateado y forma distintiva, luego de haberla visto, encontró también unos papeles con solicitud de divorcio y orden de alejamiento hacía su padre, lo que le hizo dilucidar por completo que esa no era la primera vez que su familia materna había estado en peligro a causa de su progenitor. Y que él había Sido en verdad el autor de dicha masacre. El hecho sin embargo que más lo aterraba era el asesinato en sí, el como su padre, sumado al misterio de la nieve purpurea, utilizó un extraño químico controlado por sus manos, o al menos así lo recordaba consiguiendo de tal manera destrozar a su familia entera hasta que no quedaron sino sus huesos esparcidos por todo el jardín de la casa, a la espera de recibir sepultura, eso era todo, Johan no podía recordar más, su mente no lo soportaba, simplemente ya había tenido su dosis diaria.
El ambiente fuera de la casa era lúgubre y nocivo, ya era mañana, medio día para ser exactos y Johan se hallaba en estado catatónico. por la mañana se despertó atónito, luego de sus habituales pesadillas donde, en esta ocasión, era perseguido por los seres mágicos, quienes hace un tiempo le habían dicho en sueños “bajo el terreno apasible se hallan los oscuros secretos de aquel que dió vida al noble heredero, superviviente del gran cataclismo de nuestra era” entre otras frases, parábolas y metáforas que hacían alusión al sótano y las paredes de la casa, fue debido al último de estos sueños donde se mencionaba un “subsuelo oculto” al que había conseguido acceder, a través de una compuerta en el piso del sótano y una llave enterrada en la tierra circundante, finalmente a su objetivo, un segundo sotano en la propiedad y con ello dilusidar por fin el porque de su situación o al menos tener una idea de ello, a este punto con lágrimas en sus ojos, concluyó que fue su enfermedad persistente la que lo salvó de haber sido aniquilado aquel día y que la casa de hecho fue su guardiana y protectora. a estas alturas no quedaba otra que aceptarlo con resignación, llegó a dicha conclusión al apreciar los planos base de la casa, con características de búnker posapocaliptico y una serie de prescripciones médicas en las que se evidenciaba el nacimiento de un bebé con deficiencias graves en el hipocampo (responsable de los recuerdos) y la posterior autorización de inyectarle vacunas no probadas en seres humanos por parte de Rebeca y Eric, su madre y abuelo que supuestamente empeñaban su vida en hallar una cura eran nada menos que los responsables directos del mal que lo aquejaba, ambos virologos de hecho, empeñaban su tiempo en el perfeccionamiento de un virus letal color púrpura en laboratorios ubicados en las periferias de Stoneland. Esta revelación lo había destrozado por completo, aún con todo lo que había pasado, nada lo hubiera preparado para algo así, pensó entonces en su ambición, asesinar a su padre se había convertido en su motivo de vida durante los últimos dos meses, había abogado todos sus esfuerzos a ello, ahora al enterarse de la verdad, se dió cuenta con una mirada furiosa, que él era su último obstáculo pues no le quedaba nada más, nunca había tenido amigos pues su educación había sido siempre personalizada, siempre mal visto por sus hermanos y demás habitantes de la periferia de stoneland, a este punto incluso el supuesto amor de su madre y abuelo resultaron ser una vil mentira, él era el último, aquel maldito, el tercer familiar suyo que arruinó su vida, tenía que matarlo. sin embargo, cuando se disponía a tomar las armas y la máscara que había dejado en la sala antes de bajar a revisar los documentos, prepararando una estrategia eficaz para perpetuar el asesinato. escuchó como se abría la puerta principal de la casa y de afuera emergía una figura conocida, traje y máscara color verde oscuro, detalles plateados, simplemente inconfundible, pero está vez algo no cuadraba, el sujeto levanto su mano sacudiendo tres de sus dedos, menos el índice que colgaba en el guante y el pulgar. La puerta se cerró y al quitarse la máscara se reveló el rostro de aquel que Johan conocía como tío Marcus, él, solo se limitó a decir: “Hola hijo, te tengo un nuevo propósito” Johan por otra parte, gritó.


Santiago Salinas Sepulveda